Alvaro Siza y Souto de Moura en Santo Tirso, crónica de un viaje

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El tren desde la estación de San Bento es una buena manera de llegar a Santo Tirso, apenas 40 minutos y el trayecto sin duda merece la pena.  El almuerzo en la tasca, numa ruinha que desce dum canto da praça Batalha, ha sido exactamente lo prometido: económico, rápido, pero también entrañable. Y lo mejor sin duda la conversación con José Gigante que, aunque cansado, vibra contando los nuevos trabajos que tiene entre manos.  La última vez que estuve en Santo Tirso fue precisamente con él, visitando el colegio que acabó allí hace pocos años. En realidad, hago memoria y sólo recuerdo haber estado en Santo Tirso en esa ocasión. La hora de salida del tren se acerca y Gigas me da indicaciones para llegar a San Bento lo más rápidamente posible, cogiendo una de esas calles imposibles que recorren los intersticios de la ciudad de Oporto. Voy descendiendo las interminables escaleras de granito que delimitan la estación y las traseras da rua de 31 de Janeiro, sin saber que esta experiencia anticipa las próximas vivencias de la tarde.

El billete es económico, el tren sale puntualmente y el trayecto, apacible, comienza devolviéndome las vistas del rio Douro que desde la parte alta de la marginal siempre ofrecen los trenes cuando salen de San Bento, y que otras veces he disfrutado en el pasado. Ya en el tren hago las primeras anotaciones en esa pequeña complicidad con João Álvaro Rocha que es mi cuaderno de “Viagem a quatro mãos”, al que después de casi tres años apenas le quedan unas pocas hojas finales en blanco, y que por no querer agotar sigo aprovechando en los intersticios de las páginas medio ocupadas o desaprovechadas en viajes anteriores.

Son las tres de la tarde cuando, siguiendo indicaciones de Maria Melo, abandono la estación de tren de Santo Tirso y trepo espiralmente por la rampa que lleva a lo alto del puente que me va a permitir cruzar el rio Ave hasta la ribera sur, en dirección al museo municipal Abade Pedrosa. En el recorrido, una de las primeras cosas que queda a mi derecha es la antigua fábrica de tejidos de Santo Tirso, que está siendo bien recuperada para dar nuevo servicio público a la pequeña localidad. Un paseo de apenas un kilómetro me deja frente al conjunto del monasterio de San Bento, y en la esquina suroeste del espacio previo, que no me atrevo a llamar plaza, me espera en lo alto de otra interminable escalera el acceso al museo, en una de esas maravillosas simetrías que en ocasiones ofrecen los viajes. Subir escaleras cuesta más que bajarlas (no descubro nada nuevo) pero merece la pena llegar a la entrada por ellas, obviando el trayecto más cómodo que ofrece la calle que envuelve el conjunto, porque te dejan en el sitio justo donde se articulan el volumen nuevo y la imponente fachada del testero preexistente.

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El nuevo volumen blanco es bajito y aparece tras el antiguo edificio como un niño travieso que se asomase al quicio de la puerta queriendo pedir permiso para interrumpir a sus mayores. El juego no acaba aquí, continua en la articulación con el desnivel de la calle con el vuelo de la esquina vacía que busca la vertical del escalón del paseo independiente del espacio del museo por mor de un breve desnivel y una barandilla escasa que prolonga la pesada protección de piedra que acompaña la subida de la calle. Alineaciones, prolongaciones y coincidencias van configurando una divertida manera de llegar a la puerta, y establecen un rito que no es sobrio ni obvio pero que ofrece lo mejor de esas secuencias que da la Arquitectura a aquellos que se acercan a ella dispuestos a participar, siguiendo signos e indicaciones.

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Al aproximarme al vuelo que conforma el acceso descubro con mayor claridad el intersticio girado de la articulación entre ambos volúmenes, el nuevo de Siza y el antiguo de Souto, que conforma una especie de “alheta” escalada de esas que tan hábilmente usan los arquitectos portugueses para producir las transiciones entre materiales en los encuentros. El nuevo volumen se implanta girado desde a capelinha y viene a provocar ese encuentro discretamente sugerente con el ala del convento y con la curva de la calle, dejando dos espacios previos a cada lado de la frontera virtual que marca la esquina volada. Una vez debajo, el espacio interior al sencillo volumen se revela también exquisitamente articulado.

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Como soy un tonto educado en perderse en los detalles, lo primero que llama mi atención al cruzar la puerta es el pavimento de mármol girado respecto a este nuevo volumen, recuperando direcciones y trazas del edificio principal del antiguo convento al que se anexa; sobre todo el juego del encuentro con la puerta de las dos piezas mayores de mármol que resuelven a su vez la transición opuesta con la carpintería. Lo particular devuelve los guiños a lo general.

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Soy afortunado por contar con unas cómplices estupendas en este breve viaje. La hermana de Maria me espera en el museo para mostrarme lo que no se ve habitualmente, y deja que sea yo quién descubra por mi cuenta, con calma, todo el resto que si está abierto al público. No voy a reproducir alabanzas pero tampoco quejas de los usuarios permanentes del museo, las personas que trabajan allí todos los días, porque ellas mismas son conscientes de la relativa importancia de los defectos frente a las virtudes de la nueva arquitectura, y así lo expresan.

El generoso espacio del hall de acceso otorga protagonismo a la escalera, imán poderoso que nos llama a recorrer los espacios inferiores. Así que de esa manera comienzo mi visita por la exposición temporal de Miquel Navarro bajando por una escultura de Siza que además hace las veces de escalera. Un museo de escultura merece una escalera como esta, tal vez homenaje a Chillida, tal vez homenaje a todas las escaleras previas de Álvaro Siza. Mientras desciendo recuerdo la escalera de la casa Duarte, las diferentes articulaciones entre el corredor inferior y los volúmenes en la FAUP, las escaleras de la Facultad de Ciencias de la Información en Santiago y otros tantos episodios y experiencias anteriores. Además, en cada giro, voy descubriendo los espacios de las dos salas inferiores y las ciudades imaginadas por Navarro se muestran con toda su magia vistas ligeramente desde arriba.

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En la pequeña sala inferior, junto a la escalera, una puerta-ventana vacía el pliegue cóncavo del volumen permitiendo el acceso al intersticio en el que una nueva escalera de granito exterior va a cerrar el círculo de simetrías del trayecto en esta soleada tarde de invierno. Cuando voy a volver a entrar me vuelve a la cabeza otra ventana de Siza que, hace ya medio siglo, solapaba en el pliegue, este convexo, del exterior de la casa de Alves Costa padre. Ya no me quedan dudas de que esto va de girar y ahuecar esquinas.

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Al subir nuevamente por la escalera el desembarco me deja enfrentado a una suave rampa en un espacio abocinado que se estrecha y conduce a la conexión con el viejo edificio barroco rehabilitado. Un pequeño espacio, como de descanso, sirve de transición entre dos naturalezas diversas, en realidad ya hemos penetrado en el antiguo volumen pero seguimos percibiendo las reglas del volumen nuevo y, justo entonces, uno se siente como Alicia después de cruzar por el paso más inesperado a un mundo diferente. Un umbral asimétrico de granito asoma a derechas indicando hacia qué lado debemos girar, en un mecanismo de acceso que es crudo, casi despiadado, la antítesis de todo rito anterior.

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Estoy en el extremo de un ascético espacio monástico que Souto de Moura ha recuperado con la sobriedad que merece: umbrales de granito, maderas pintadas en blanco, el suelo de roble, un gesto sobrio para el rodapié, pies de acero inoxidable para las pantallas y unas eles también en inox que sugieren que puertas no se deben cruzar. Pero lo que más llama mi atención son las sencillas lámparas que cuelgan pautando el espacio, quizás porque hace muchos años hicimos lo mismo en el largo pasillo de nuestra vieja casa, con un cable eléctrico forrado en algodón blanco y negro y un casquillo de porcelana recibiendo una esférica bombilla blanco mate de gran tamaño; claro que aquí las bombillas se ven más pequeñas y además de marcar el eje del espacio realizan la transición entre la altura de los umbrales de piedra de ventanas y puertas. Aprovecho para fotografiar una de las ventanas con bancos de piedra enfrentados a modo Romeo y Julieta para poder guardarla en mi colección. Ya se sabe, cada loco con su tema.

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La contraparte de este espacio es la secuencia de salas de exposición que van conectando con él. Las salas están recuperadas con la misma sobriedad, el trabajo de Eduardo Souto es exquisito. Resulta peculiar pero muy eficaz la decisión de girar el pavimento en transversal al espacio y a la orientación de la madera del techo, ya que se produce una tensión que acompaña la posición de las grandes vitrinas expositivas, que son las protagonistas de los espacios. Necesito una segunda vuelta para descubrir el ingenioso sistema de apertura de los grandes cofres vítreos, quizás porque estoy ensimismado pensando si se podía haber resuelto de otra manera la presencia en una esquina del cable eléctrico que permite la iluminación superior de las vitrinas. Llegado al telar industrial que remata la exposición permanente salgo nuevamente a la sala corredor y aprovecho para sentarme en uno de los bancos de piedra de las ventanas a hablar por teléfono con Clara, dejando que la tecnología sustituya la proximidad que otorgaban antaño los bancos geminados.

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Después de dibujar y escribir un rato, me dirijo nuevamente al hall de acceso y de allí al pequeño espacio de bar donde me he dejado por fotografiar otra ventana que llamó mi atención al inicio de la visita, y no quiero despedirme sin conservarla para el futuro. No es una ventana singular. En realidad no tiene nada de especial, pero la composición y la suma de texturas me han dejado atrapado: el muro  de fondo con las piedras nuevas y las viejas definiendo la plano de crecimiento; la línea del zócalo de mármol entre la coronación del muro exterior y el store; y los dos fragmentos de las torres del monasterio atrapados entre todo ello. Antes de acabar la visita decido pasar al excusado, y los pequeños detalles me recuerdan por qué los buenos arquitectos son aquellos que, precisamente, siempre dan más por menos. Con mis pequeños tesoros fotografiados y con las experiencias archivadas en mi cabeza, salgo del museo más contento de lo que llegué y eso es una de las mejores cosas que se puede decir de un edificio. Me giro para contemplarlo desde lo alto, mientras asciendo por unas nuevas escaleras en dirección al centro de Santo Tirso, confirmando la hábil implantación del conjunto.

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Aún tengo tiempo esta tarde de ver otras cosas, aunque ya casi sin luz y sin tanto detenimiento: el magnífico conjunto del ayuntamiento de ascendencia nórdica y las viviendas de Agostinho Ricca (allí me espera María Melo); un vistazo rápido desde fuera a la que fue la casa de Antonio Siza; el call-center de Portugal Telecom de los hermanos Aires Mateus; y la estupenda estación de bomberos que acabó recientemente Siza Vieira en la localidad. Me voy con el regusto agradable de saber que debo volver nuevamente, y en breve, porque no he agotado las posibilidades que me ofrece Santo Tirso.

Ricardo Merí de la Maza

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