Francisco Mangado, segundo volumen TC

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Por Francisco Mangado

Es una responsabilidad y un placer publicar un segundo volumen de TC con nuestros trabajos. Vaya por delante mi agradecimiento al editor Jose Miguel Rubio que, en tiempos tan difíciles para todo lo que significa impresión en papel, ha sabido mantener una editorial que, poco a poco, sin estridencias pero con resultados, se ha consolidado en el mercado editorial con prestigio y consideración.

Un segundo volumen que, por un doble motivo, me gustaría fuera considerado como prolongación del primero. El primer motivo tiene que ver con la organización expositiva de la propia monografía. El segundo, de índole más conceptual, con la idea de que la arquitectura que hacemos y que aquí presentamos es un proceso, una evolución constante y paralela a la que se produce en nosotros mismos. Hacemos la arquitectura como somos o más bien como vamos siendo.

En lo referido a la manera de organizar los trabajos he de indicar que en la primera monografía aparecían muchos proyectos definidos con dibujos y propuestas que hoy han sido construidas. Entre estos dibujos, en ausencia de imágenes del proyecto terminado, abundaban los detalles constructivos como un sistema para explicar la materialidad, pero también como una expresión de mi firme convicción en la naturaleza material y constructiva de la arquitectura.

Siempre he defendido la idea de que es precisamente la preocupación por lo material un magnífico antídoto frente a tanto ejercicio vacuo, a tanto ruido que pretende frivolizar nuestro quehacer convirtiéndolo en una simple “ocurrencia visual” casi siempre de naturaleza solo objetual o, peor aún, epitelial.

En esta segunda monografía estos proyectos que ya son realidades construidas componen una primera parte del libro sustituyendo buena parte de los dibujos constructivos por las imágenes de la obra terminada. Solo se han mantenido aquellos que parecían indispensables, así que la consulta del primer volumen se convierte en un complemento para aquellos que quieran desbrozar más exhaustivamente el proceso de ejecución. Naturalmente el resto de nuevos proyectos y construcciones que contiene la publicación lo hacen profusamente informados por los detalles constructivos que tanto me atraen.

 

Hacer arquitectura es cosa de largo plazo, de tiempos largos, de esos tiempos que tenemos que reivindicar si queremos tener margen suficiente para pensar y meditar, para desarrollar un proceso de prueba-error como mecanismo para obtener resultados y para aprender.

Quisiera insistir en que las dos monografías no representan sino dos períodos de un único y continuo hacer, cuestión esta que puede ser visto como una obviedad. Sin embargo es también una oportunidad para transmitir a los que lean esta introducción, especialmente jóvenes arquitectos y estudiantes, aquello que por repetido no deja de ser cierto como es el hecho de que hacer arquitectura es cosa de largo plazo, de tiempos largos, de esos tiempos que tenemos que reivindicar si queremos tener margen suficiente para pensar y meditar, para desarrollar un proceso de prueba-error como mecanismo para obtener resultados y para aprender.

Siempre he valorado la idea de adaptar nuestro quehacer al tiempo de nuestra vida, siendo vida y trabajo dos extremos de esa misma línea de intensidades que representan lo que fuimos, somos y vamos a ser, algo siempre en continua mutación. Surge así entre la arquitectura y la manera de ser una identidad que solo nosotros mismos o los que nos conocen muy bien pueden detectar al repasar nuestro trabajo. Las mismas dudas, penas y alegrías, los mismos errores y fracasos que conforman nuestro devenir vital influyen en nuestro hacer. La arquitectura, como nosotros mismos, no es ni puede ser en modo alguno inmediata pues lo que hoy nos parece sustancial puede, después de un tiempo, demostrarse completamente anecdótico y, por contra, lo que hoy nos parece banal puede adquirir con el tiempo categoría de esencial. Por ello, la idea de presentar esta segunda monografía ligada y en continuidad con la primera me parece tan gráfico como oportuno conceptualmente.


Decir, respecto a la arquitectura contenida en este TC2, que buena parte de los proyectos están ya construidos pero que solo el tiempo y el uso los irán terminando, juzgando poco a poco, y valorando si se ha cumplido el objetivo de servicio a la ciudad y a las personas con el que nacieron. Otros están en proyecto y serán construidos. Y, finalmente, muchos no figuran y quedarán para siempre en los archivos, como propuestas de concurso que no fueron ganadoras. No obstante los tres, incluidos los últimos y en muchas ocasiones especialmente éstos, forman parte del hacer, el pensamiento y la experimentación que durante todos estos años han interesado al estudio. Han sido muchos concursos fallidos que, estando en el origen de reflexiones y desarrollos, se han plasmado posteriormente en obras ejecutadas abundando así en la idea de que nuestro trabajo es algo continuo en donde cada obra o concurso solo son concreciones específicas, generalmente mucho más pobres que las ambiciones presentes en aquellas intenciones abiertas a la ensoñación que siempre han de animar nuestro pensamiento.

Todo el trabajo presentado en esta segunda monografía participa, o al menos eso espero, de mi ideario arquitectónico, un ideario que aspira, como en tantos otros casos, cada uno desde su punto de vista, a reivindicar más que nunca el valor de la arquitectura en una sociedad en la que parece que muchas cosas están poniéndose en su contra y en el del ejercicio de la misma. Vivimos momentos en los que se hace necesario ser profundamente optimista y estar orgullosos de lo que hacemos y proponemos. Pero momentos también en los que conviene hacer juicios críticos que nos permitan saber dónde estamos o, al menos, donde no estamos o no queremos estar.


La arquitectura, como reflejo del tiempo social y cultural que le toca, ha explotado en un mundo de posibilidades casi infinitas pretendiendo superar cualquier juicio crítico, cualquier valoración que se base en principios rectores, estén éstos consensuados o no lo estén. En otras palabras, ya no existen ni credos ni reglas y si estas se esgrimen son inmediatamente sospechosas de coerción. Todo parece valer incluso superando en los casos más extremos cualquier opción ética o conceptual no importa lo difusa o lo firme que esta sea.

Tampoco en muchos casos importa que estos supuestos éticos se vean manipulados hasta verse convertidos en simples “coletillas” vacías de contenido, -un ejemplo claro es constatar como en ocasiones el compromiso con el medio ambiente deviene en una manifestación políticamente correcta alejándose de los auténticos contenidos arquitectónicos que el mismo debería implicar-. Es clara la excesiva fascinación por el “artefacto” arquitectónico, entendiendo por artefacto aquello en donde el pensamiento que debía estar en su origen ya no es tan importante, en el que el significado se torna en apariencia superflua en todo caso suficiente para culminar los objetivos de un mercado “simplista” dominado por la imagen o la especulación, conceptos ambos más cercanos de lo que nos creemos.

El pensamiento, el juicio de valor, la posición, ya no cotizan pues para muchos su presencia resulta complicada o molesta.

El pensamiento, el juicio de valor, la posición, ya no cotizan pues para muchos su presencia resulta complicada o molesta. Pero esta realidad así descrita, lejos de amilanarnos, no ha de hacernos sino persistir en el intento de un trabajo serio y riguroso, pensando que la arquitectura y sus formas son el resultado de un proceso que ha de estar cuajado de intención, de objetivos y de conocimientos.

Tenía un amigo que decía que la mejor arquitectura es la que hacemos con lo que tenemos y estoy completamente de acuerdo con él. Pero no solamente en términos materiales o inmediatos. También conceptuales. Y la realidad que tenemos es algo sobre la que hemos de trabajar incluso aún a pesar de ella. Tras trabajar todos estos años he de decir que la realidad siempre ha resultado el mejor crisol para hacer arquitectura. No importa como mute y se trasforme. Tampoco cuan compleja y condicionante es, cuanto más mejor. Ni cuan corrosiva o extrema pueda resultar. Siempre es la opción abierta para nuestro trabajo, pues el mejor arquitecto es aquel que la transforma profundamente creando una arquitectura que aspira a ser más que simple construcción y que nos traslada a un mundo de sorpresas.

En definitiva la realidad es una materia prima profundamente poliédrica que admitiendo muchas miradas, unas más certeras que otras, requiere de exigencias y afán de investigación, en todo caso mucho más que una simple especulación como respuesta arquitectónica. Lo que nunca resulta fructífero es su negación.
Dicho esto sería injusto no reconocer el enorme valor de tantos arquitectos, especialmente jóvenes, que de manera individual, callada y tenaz, sublevándose ante lo banal, están haciendo un trabajo de valor y contenido extraordinarios. Se trata de arquitectos que configuran el ciclo que esperemos suceda y se imponga a una situación desafortunada que puede acabar relegando a los arquitectos, si no nos resistimos, a agentes subsidiarios en el hacer arquitectónico. Son ellos los que mejor representan la arquitectura en la que más confianza tengo pues en su actitud encontramos el optimismo que todos necesitamos y que tan necesario es trasladar a nuestros estudiantes. A estos les animo a mirarse en estos jóvenes arquitectos con ese ánimo optimista que, además de reconfortante, les ayudará en su carrera futura. (…)

Francisco Mangado

www.fmangado.es

Ver continuación del artículo en el TC Cuadernos nº 134/135

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