
El mayor premio de arquitectura de Europa acaba de reconocer un proyecto que, en esencia, decidió no construir. El encargo pedía un edificio nuevo de bajo consumo. El presupuesto alcanzaba para un tercio de eso. La respuesta de AgwA y architecten jan de vylder inge vinck fue retirar fachadas, abrir el techo al cielo y declarar energía cero por omisión. El resultado ganó el Premio Mies van der Rohe 2026.
El anuncio se hizo el 16 de abril en Oulu —Capital Europea de la Cultura 2026— dentro del Silo que Alvar y Aino Aalto construyeron en 1931: un escenario deliberadamente cargado de historia para un premio que este año apostó por la reutilización frente a la obra nueva. El galardón en categoría Emergente fue para los Temporary Spaces for the Slovenian National Theatre Drama. Pero la gran sorpresa, o quizás la confirmación de hacia dónde mira hoy Europa, fue el Charleroi Palais des Expositions: un pabellón ferial de los años cincuenta construido sobre una escombrera de carbón en el corazón de Bélgica.
AgwA —fundado en Bruselas en 2003 por Harold Fallon, Benoît Vandenbulcke y Raphaël Cornelis— lleva dos décadas desarrollando lo que el crítico Pierre Chabard resumió como «neutralidad formal, economía de medios, inteligencia programática y urbana, compromiso social y político.» El concepto que vertebra gran parte de su obra es el de tabula scripta: la convicción de que el patrimonio incómodo del período de posguerra —descomunal, abandonado, condenado a la demolición— es en realidad un material de proyecto extraordinario. Su herramienta no es el diseño: es la demolición selectiva. La colaboración con architecten jan de vylder inge vinck —estudio con el que comparte esta sensibilidad y con el que ya había trabajado antes— refuerza ese enfoque: construir de verdad, a pie de obra, sabiendo cuándo parar.
En el centro de Charleroi, una ciudad marcada por décadas de desindustrialización, el Palais des Expositions se levanta sobre una antigua escombrera de carbón. Monumental en su escala, racional en su estructura, el edificio acumuló con el tiempo capas de abandono y obras parciales que borraron la claridad de su origen. La pregunta que se plantearon los arquitectos no fue cómo renovarlo, sino cómo revelar lo que ya estaba allí: una forma de arqueología arquitectónica que desecha la adición y practica la sustracción.

El encargo inicial pedía sustituir el hall central por un edificio de bajo consumo energético. El presupuesto disponible era un tercio de lo necesario. En lugar de reducir el programa, los arquitectos leyeron esa limitación como una oportunidad: si no se podía construir un nuevo edificio de baja energía, podía crearse directamente un espacio de energía cero. La solución fue abrir el hall central, retirar sus fachadas y convertirlo en una terraza urbana cubierta —un exterior protegido de la lluvia, no calefactado, no climatizado.
Esta decisión, aparentemente radical, resultó ser la más coherente con el carácter del edificio: su escala, su racionalidad estructural y su monumentalidad quedaban intactas. La intervención no añadía una capa nueva sino que quitaba una equivocada.

El proyecto ocupa un solar de 37.700 m² con una superficie construida total de 50.000 m², y se desarrolla sobre un terreno en pendiente que durante décadas permaneció sellado bajo el asfalto. La estrategia de implantación comienza literalmente por el suelo: la escombrera de carbón fue expuesta, descontaminada y sembrada con plantas autóctonas. Lo que era un fondo negro e impermeabilizado se convirtió en un parque continuo que penetra en el edificio, conectando el centro de la ciudad con sus bordes.
El ala sur fue reconvertida en aparcamiento de varias plantas, reduciendo así la envolvente térmica al volumen norte. Esta demolición calculada generó soluciones de gran inteligencia: un piso de aparcamiento ventilado naturalmente, y la transformación de una losa de hormigón dañada en jardín al aire libre. Demoler, aquí, es también proyectar.


El sistema constructivo responde al mismo principio de economía material. Las intervenciones son puntuales y precisas: el hormigón existente fue protegido con pintura blanca anticarbonización; las superficies repintadas en blanco o en los colores de los usos anteriores —verde para las antiguas pistas de tenis— para restaurar la memoria del edificio y ayudar a sus usuarios a reconocerlo. Los elementos demolidos no se desecharon: se reconvirtieron en mobiliario urbano. Las barandillas verdes de seguridad fueron simplemente dobladas para cumplir la normativa actual.
El coste final del proyecto fue de 1.075 €/m². Una cifra que, en el contexto de una rehabilitación de esta escala y complejidad, resume mejor que cualquier manifiesto la naturaleza de la propuesta.

En el corazón del proyecto, el hall central vaciado ofrece la imagen más poderosa de toda la intervención. Dos chimeneas de ladrillo, vestigio de la historia industrial del lugar, emergen entre las plantas como testigos que el proyecto decidió no eliminar sino encuadrar. Las columnas pintadas de amarillo —color de los antiguos usos feriales— marcan los nuevos niveles de circulación. Un atrio abierto en el forjado conecta la planta baja con el nivel superior, creando un jardín de tres niveles en pleno interior del edificio.
Durante la construcción surgió la necesidad de integrar además un centro de congresos. Los arquitectos respondieron añadiendo un nuevo balcón, como si el propio proceso de obra fuera una ocasión para demostrar el potencial latente del edificio original. El proyecto no termina: se hace explícito como estructura capaz de seguir cambiando.

En las naves de exposición, los lucernarios en dientes de sierra —intactos desde los años cincuenta— filtran una luz cenital uniforme sobre superficies repintadas de blanco. La escala descomunal del espacio, su aparente austeridad, revelan una riqueza que estaba siempre ahí y que la intervención se limitó a liberar. Materiales duraderos y directos, vegetación de bajo mantenimiento, ventilación natural: todo apunta a un edificio que no necesita ser protegido de su propio entorno sino abierto a él.
La rehabilitación del Palais des Expositions de Charleroi está publicada en el número 36 de la revista En Blanco, monográfico dedicado a AgwA, con textos de Elodie Degavre que retratan dos décadas de práctica del estudio. El Mies van der Rohe 2026 no hace sino confirmar lo que ese número ya apuntaba: que la reutilización respetuosa no es una renuncia estética, sino una forma de precisión que exige más inteligencia que cualquier obra nueva. Más información disponible en su página de autor en TC Cuadernos.
Ficha técnica
Proyecto: Charleroi Palais des Expositions · Ubicación: Charleroi, Bélgica · Autores: AgwA; architecten jan de vylder inge vinck · Paisajismo: Denis Dujardin · Interiorismo: Doorzon Interieurarchitecten · Ingeniería y física de edificación: Bureau Greisch · Seguridad contra incendios y accesibilidad: Delta GC · Acústica: progrs · Cliente: Ciudad de Charleroi · Superficie de parcela: 37.700 m² · Superficie total construida: 50.000 m² · Coste: 1.075 €/m² · Programa: Centro de congresos, cultura, exposiciones · Premio: EUmies Awards 2026 — Ganador categoría Arquitectura · Fotografías: Filip Dujardin