Carlos Martí: Atando Cabos… (V)

Desde Valencia p.1

Crónica en tres encuentros

Juan Deltell Pastor, Noviembre de 2020

La felicidad no existe en la vida. Solo existen momentos felices

Jacinto Benavente

Parafraseando a nuestro gran Jacinto, el encuentro con una persona también se vertebra por encuentros, situaciones vividas que se almacenan en la memoria y en las que se alberga la duda de si se recuerda lo realmente ocurrido, o si se recuerda lo que en un momento anterior se ha recordado y relatado, aunque no coincida exactamente con lo sucedido.

Mis recuerdos de Carlos Martí se articulan en tres encuentros muy concretos, que hoy quisiera compartir, especialmente con todos aquellos y aquellas que, como yo, tuvimos la suerte de cruzarnos con su mirada.   

Primer encuentro: El canto de las sirenas

Ciertos libros entran en tu vida sin pedir permiso. Ni siquiera sabes por qué un día decides comprarlos, o leerlos. Quizá por el mismo motivo por el que un día Ulises justificó acercarse a costas peligrosas por haber creído oír un canto seductor. Silencios elocuentes, Tres paseos por las afueras, La cimbra y el arco, Abstracción, Cabos sueltos. Sin duda cantos de sirena, de los que es difícil zafarse.

Pero no es de estos cánticos de los que quiero hablar, aunque mucho se podría hablar de esa compañía que tanto valoro. Quiero, aquí, relatar otro encuentro que me pertenece.

Corría el año 2009. Hacía tiempo que me había embarcado en una gran aventura, el intento [sueño] de dedicar unos cuantos años de mi vida a construir una tesis sobre cine, desde mi particular mirada de arquitecto docente y ejerciente. Algunas películas amontonadas encima de mi mesa, que ya me sabía casi de memoria –o eso creía-, y algunos párrafos inconexos en mi ordenador. Muchas intenciones, muchos fotogramas en mi retina, pero cierta incapacidad para entender lo que estaba haciendo, por mucho que el cine desde joven había supuesto mi más firme afición.

Fue por aquel entonces cuando, en la librería de la Escuela de arquitectura de Barcelona, una sirena silbó en mis oídos, un libro [i] escrito a cuatro manos y dos voces, las de Carlos y las de su gran amigo, hoy también mío, José Manuel García Roig. Su título no podía ser más directo, esquivando formulas mucho más recurrentes y que desde hace tiempo ensalzan las posibles correspondencias entre nuestro trabajo y el de los cineastas: La arquitectura del cine. Nadas más y nada menos. Y como subtítulo, cuatro nombres, de los grandes, de los eternos: Estudios sobre Dreyer, Hitchcock, Ford y Ozu.

Ha pasado ya un cierto tiempo, pero todavía conservo en mi memoria lo que sentí mientras mi mirada resbalaba por aquellas palabras, la identificación con aquellos pensamientos tan certeros, la admiración por aquella prosa tan clara y directa. Nadie podía acercarse tanto a lo que yo todavía no sabía expresar.

Otro libro fantástico del guionista francés Jean-Claude Carrière, La película que no se ve [ii], un par de manuales sobre técnicas cinematográficas y La arquitectura del cine fueron los únicos libros que me acompañaron en el primero de mis tres retiros estivales en el Convento de la Tourette de Le Corbusier, durante el mes de julio y parte de agosto de 2010. Mi casa estaba llena de libros, ya leídos o por leer, que más tarde constituirían mis fuentes de trabajo y estudio. Pero en este primer encuentro con el reto de pensar y escribir quería viajar ligero de equipaje, sentirme acompañado por pocos amigos, entre ellos el libro de Carlos.

Segundo encuentro: La mirada de Carlos

Hasta el momento yo había sido un lector más de Carlos, anónimo. Una relación unidireccional se había establecido entre nosotros. Algo que cambió gracias a la intercesión de nuestro amigo común Jorge Torres.

Como amigo, Jorge sabía de mi admiración por Carlos, de lo importante que estaba siendo para mí el aproximarme a su certera mirada a través de la lectura de sus libros. Como director de mi tesis compartía conmigo la desazón por no haber podido incorporar a Carlos como codirector, debido a su salud, y sabía también de mis regocijos, de los hallazgos que iban surgiendo por el camino, pero también de mis zozobras, y especialmente de una de ellas.

A la hora de abordar las relaciones entre el cine y la arquitectura, tuve claro desde el principio lo que no quería hacer: elaborar un documento comparativo sobre ambas disciplinas, recurriendo a la colección de películas sobre las que habitualmente a los arquitectos nos gusta hablar, por su tratamiento del espacio fundamentalmente. Yo perseguía otra cosa. Me interesaba explorar las similitudes entre el trabajo del arquitecto y del cineasta, en todas las fases de construcción de un edificio o una película.

Lentamente, ello derivó en el interés por encontrar un lenguaje común, abstracto, que no perteneciese a una ni otra, llegando incluso hasta el punto de intentar que las palabras cine o arquitectura no apareciesen en el texto. Esta intencionalidad conllevó que creciese en mí una inseguridad: como defender en una escuela de arquitectura una tesis concentrada de alguna manera en lo cinematográfico, y en la que la arquitectura solo supone el contexto que permite establecer una mirada diferente sobre el cine, algo que el propio título de la tesis, La mirada única. Un arquitecto piensa el cine, acabó expresando.

Consciente de esta inseguridad, Jorge me ofreció la posibilidad de acompañarme a visitar a Carlos a su casa de Pedralbes, sugiriéndome que le enviase previamente algún texto mío, un fragmento de lo ya redactado o algo más antiguo. Opté por lo segundo enviándole, con mucha inseguridad y una cierta vergüenza, un texto escrito años atrás, 3(+1) personajes en busca de terraza, un pequeño artículo en torno al rodaje de la película Le Mépris [iii].

El 27 septiembre de 2012 Carlos nos recibió en su casa. Lo primero que recuerdo es su mirada, incisiva pero extremadamente amable. Solo su conocida generosidad, sin límites, había posibilitado que el encuentro se hubiese podido producir. Carlos, que había dedicado su tiempo a leer mi texto, me habló de muchas cosas. En un ligero diálogo a tres bandas, surgieron el nombre de Marta Perís y la propuesta para incorporar un nuevo título a mi colección de películas: Le feu Follet [iv]. Todavía hoy me resulta increíble que, sin haber leído nada de mi borrador de tesis, y conociendo el listado de títulos sólo en aquella misma reunión, me pudiese sugerir esta película tan acorde con lo que estaba analizando, y que por supuesto incorporé en la fase final de la redacción.

El recuerdo más intenso que tengo es de cuando, poco antes de ir a comer los tres, le pregunté, titubeante, lo que me preocupaba, y que de alguna manera había propiciado el encuentro: si veía algún problema en defender una tesis de cine, tal y como la estaba planteando, en una escuela de arquitectura. Con una mirada que jamás olvidaré, directa y acompañada de una gran sonrisa, Carlos me dijo, casi textualmente: Juan, he leído lo que me has enviado, te he escuchado esta mañana, he podido acercarme a tu mirada y a la intensidad con la que estás desarrollando tu trabajo. Llevas a un arquitecto en tus venas, por lo que hagas lo que hagas será una tesis de arquitecto.   

Tercer encuentro: Aguas frías

El estado de salud de Carlos impidió la presencia de Carlos en el tribunal de mi tesis. No obstante Jorge, le consultó la posibilidad de que actuase como revisor y, una vez más, en un acto de esa generosidad que muchos recordamos en Carlos, aceptó recibir un documento extensísimo para su revisión. Considero un auténtico privilegio el haber podido contar con aquellas horas en las que su mirada descansó sobre mi trabajo.

Al cabo de unos días recibí un correo, previo a su informe oficial de revisión, con algunos comentarios, unas certeras palabras que me ayudaron enormemente a direccionar la redacción final de la tesis recordándome, ahora de una manera muy directa y personal, aquello que ya en la lectura de sus libros siempre me había impresionado: la necesidad de expresar con claridad y concisión lo que uno tiene en la cabeza. Me arriesgo a compartir unas frases inconexas de ese correo desde la confianza de que a Carlos no le importaría:        

Aquí me tienes, bañándome en las apacibles aguas de tu tesis. Ahora que me he acomodado a la temperatura del agua, estoy muy cómodo. Pero, confieso que me costó bastante decidirme y saber cómo debía entrar. […] Este es el problema a resolver: ¿cómo se entra en la tesis? ¿dónde está la puerta del castillo? […] Un consejo: no temas a lo obvio. Las obviedades le hacen a uno más humilde y nunca perjudican al trabajo. Mi amigo Xavier Monteys, en su tesis sobre la Urbanística de Le Corbusier empieza su explicación sobre la ciudad de Paris con la siguiente frase. «Paris es la capital de Francia».

CODA

Existieron dos encuentros más. El primero, el día de San Juan de 2013, en el que mi gran amiga Clara Mejía y yo decidimos acercarnos para verlo y mantener una conversación con él. El segundo, a instancias de Marta Perís, arquitecta que había podido disfrutar del acompañamiento de Carlos para la dirección de su magnífica tesis sobre la casa de Yasujiro Ozu [v]. Los recuerdos de ambos, por el entorno y las circunstancias de Carlos, son menos alegres y algo más complicados.

Dicen que lo que más se recuerda de una persona a la que ya no puedes volver a ver es la última imagen que de ella se tuvo. No me ha ocurrido con Carlos; he difuminado esos dos últimos encuentros. Permanece limpio y con mucha intensidad nuestro primer acercamiento en Barcelona, la primera mirada. Me queda eso y el regalo propiciado por Carlos de mi relación actual con Marta Paris y José Manuel García Roig, con los que comparto amistad, trabajos, inquietudes y pasiones.

Carlos, muchas gracias por todo.


[i] José Manuel García Roig y Carlos Martí Arís.La arquitectura del cine. Barcelona: Fundación Caja de Arquitectos, 2008.

[ii] Jean-Claude Carriere. La película que no se ve. Trad. Carlos Losilla. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica S.A., 1997.[The secret Language of film. New York: Pantheon Books, Random House, 1994].

[iii] El desprecio, Jean-Luc Godard, 1963.

[iv] Fuego fatuo, Louis Malle, 1963.

[v] Marta Peris Eugenio. La casa de Ozu. Asociación Shangrila, Textos Aparte, 2019.

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