El arquitecto valenciano Manuel Portaceli Roig ha recibido el Piranesi Prix de Rome alla Carriera 2026, uno de los galardones internacionales de mayor reconocimiento en el ámbito de la intervención sobre el patrimonio histórico y arqueológico.
Portaceli se convierte en el primer arquitecto valenciano en obtener este reconocimiento internacional, sumándose a un palmarés en el que figuran Rafael Moneo, David Chipperfield, Peter Eisenman, Eduardo Souto de Moura y Álvaro Siza, entre otros.

Formación y raíces intelectuales
Manuel Portaceli Roig nació en Valencia en 1941 y se trasladó a Barcelona hacia 1962 para estudiar arquitectura. La Escuela de Barcelona de aquellos años era un hervidero intelectual: allí enseñaban Oriol Bohigas, Federico Correa, Josep Maria Sostres y Rafael Moneo de Ventós, y por sus aulas circulaban las ideas que sacudían la arquitectura europea. Portaceli recibió especialmente la influencia de Federico Correa, que orientaba a los alumnos hacia soluciones razonadamente motivadas, a prescindir de formalismos gratuitos. Fue también en Barcelona donde entró en contacto con la corriente italiana que lo marcaría de forma duradera: el neorracionalismo de Aldo Rossi y Giorgio Grassi, la Tendenza, y la reflexión sobre la ciudad como repositorio de memoria colectiva.
Tras obtener el título en 1971, regresó a Valencia y se incorporó a la docencia en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura —primero como profesor de Historia del Arte e Historia de la Arquitectura, después de Proyectos— mientras iniciaba su práctica profesional. En 1976 participó en el I Seminario Internacional de Arquitectura Contemporánea (SIAC) en Santiago de Compostela, en el que adoptó una posición crítica y comprometida, distante de cualquier dogmatismo, reclamando para la intervención en el patrimonio una aproximación que integrara memoria colectiva, recalificación física y social, y claridad teórica. Esa posición no cambiaría.
El arquitecto crítico y el arquitecto docente son inseparables en Portaceli.
Como resumió Jorge Torres Cueco en el número 50 de TC Cuadernos —dedicado monográficamente a su obra en 2002— su arquitectura se sostiene sobre tres constantes: la atención precisa a la relación entre el proyecto y su lugar físico e histórico; la claridad en la resolución del programa funcional a través de espacios significantes y fenomenalmente evocativos; y una economía formal conseguida mediante el uso de formas elementales, abstractas y compactas. No es un racionalismo de estilo, sino de actitud: «razón, moral y sentimiento» —las tres facultades que Kant dedicó a sus tres críticas— actuando en unidad.

Una obra construida sobre la memoria
La trayectoria de Portaceli gira en torno a la idea de que un edificio histórico no es un objeto estático sino un fenómeno vivo que evoluciona con el tiempo y con la mirada de quienes lo habitan e intervienen. Intervenir en él no es conservar en formol ni imitar miméticamente: es hacerlo hablar, que manifieste sus necesidades, su lógica constructiva, su tipología y su memoria, para después revitalizarlo con un uso presente. Esta concepción, que Portaceli defendió en su lectio magistralis en Roma —titulada Dejemos expresarse a la arquitectura— atraviesa cuatro décadas de obra construida.
El encuentro con Giorgio Grassi, iniciado en el I Symposium de Arquitectura de Valencia en 1980, produjo la colaboración transnacional más sostenida de la arquitectura española contemporánea. Juntos intervinieron en el Almudín de Xàtiva (1984-86), restituyendo la continuidad tipológica del espacio claustral del antiguo granero; en el Castillo de Sagunto; y en el Teatro Romano de Sagunto (años 80-90), la obra que más ha marcado el debate europeo sobre intervención en el patrimonio arqueológico. La propuesta —completar con sobria arquitectura contemporánea los elementos necesarios para que el teatro recuperara la unidad entre la cavea y el frente de escena— fue también la más polémica: una judicialización de base política que impidió culminar el proyecto, dejando inacabado el antiquarium de la escena previsto para explicar la lógica de toda la intervención. Que el Piranesi Prix de Rome llegue precisamente desde Roma tiene, como el propio Portaceli reconoció, algo de justicia poética.
Al margen de Sagunto, su obra en el patrimonio valenciano incluye la rehabilitación de las Atarazanas de Valencia (1986-93), que devolvió al espacio gótico toda su continuidad y neutralidad; el Palacio del Marqués de Campo convertido en Museo de la Ciudad (con Juan José Estellés, 1985-89), donde la estratificación histórica del edificio se convirtió en un argumento de proyecto; la ampliación del Museo de Bellas Artes San Pío V con la reconstrucción de la cúpula octogonal de su antigua iglesia; y la sede de las Cortes Valencianas en el Palacio de Benicarló (con Carlos Salvadores, 1990-94), donde el hemiciclo emerge como nueva construcción desde el interior de la caja muraria del siglo XV.

El premio
El Piranesi Prix de Rome alla Carriera es otorgado por la Accademia Adrianea di Architettura e Archeologia en colaboración con el Ordine degli Architetti di Roma. Reconoce trayectorias que han contribuido de forma decisiva al debate arquitectónico contemporáneo, con especial atención a la relación entre arquitectura, patrimonio y paisaje.
El jurado de esta edición valoró expresamente «la alta formación clásica en arquitectura del arquitecto valenciano, así como su sólida y extensa carrera profesional». En el acto participaron el decano del COACV Salvador Lara, la presidenta del CTAV Marina Sender, y representantes de la arquitectura italiana y española. En 2021, el COACV ya había distinguido a Portaceli con el premio Mestre Valencià d’Arquitectura, reconociendo una vida entera dedicada al ejercicio de la profesión y a la transmisión del pensamiento arquitectónico.

«Estoy contento sobre todo de que se haya entendido y reconocido un poco mi callada labor, porque soy una persona que ha trabajado siempre encerrado en el estudio, en la escuela y poco más. Me satisface que hayan pensado en el conjunto de mi carrera, porque de un solo edificio no se puede hablar, sino de una serie de actuaciones que van mejorando, mostrando unas inquietudes y unos intereses.»
— Manuel Portaceli, tras recibir el premio (Las Provincias, 25 de marzo de 2026)

TC Cuadernos dedicó en 2002 su número 50 a la obra de Manuel Portaceli. Con textos de Víctor Pérez Escolano, Jorge Torres Cueco y Juan José Estellés, aquel monográfico fue uno de los primeros análisis en profundidad de una arquitectura que Roma acaba de reconocer, un cuarto de siglo después, como referencia internacional de la disciplina contemporánea.