Juan Deltell Pastor y Clara Mejía Vallejo
El estudio Peris+Toral, formado por Marta Peris y José Toral, centra su práctica en la vivienda social y en una manera de construir que apela tanto a la percepción visual como a la táctil del habitante. Este ensayo crítico de Juan Deltell Pastor y Clara Mejía Vallejo propone leer esa arquitectura a través de los conceptos que Walter Benjamin desarrolló en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica: la recepción distraída, el montaje invisible y la acomodación del usuario ante lo auténtico. El texto fue publicado en TC 171-172 Peris+Toral.
Conocemos sobradamente los movimientos del caminante, pero nada sabemos del gesto con el que, en una fracción de segundo, adelanta un pie.
Walter Benjamin
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica Walter Benjamin establece un sucinto pero agudo comentario sobre la arquitectura, que nos otorga ciertas pautas para entender la obra del estudio Peris + Toral [P + T].

En su ensayo, Benjamin indica una característica que a su parecer reconoce en la arquitectura y en el cine: la condición de percepción distraída, eminente basada en lo visual y en clara contraposición con otra característica que denomina táctil.
A diferencia del espectador ideal de una obra de arte, concentrado y devoto, la percepción de un edificio no suele ser contemplativa.
El usuario, abducido por el uso y la costumbre, vierte sobre el espacio construido una visión periférica distraída, sin prestar atención a aquello que singulariza el edificio más allá de las características funcionales que le interesan o competen. El recogimiento de un espectador atento frente a una obra de arte —prosigue Benjamin— invita en cambio a la inmersión en ella, a diferencia de la masa distraída que hace suya la obra, la abraza, la envuelve, y se considera con el derecho de apropiársela, e incluso de establecer una crítica someramente autorizada, estructurada en base a su particular manera de entender las cosas.
Ya en la época en la que se redactó el texto esta recepción distraída para Benjamin se iba extendiendo a todos los ámbitos artísticos, identificando un cambio profundo en la percepción que encontraba en el cine —de masas— el mejor instrumento para asentarse como costumbre. Hoy en día, con el advenimiento de la sociedad digital, esta deriva hacia la percepción casual e inatenta nos resulta evidente.
Sostiene Byung-Chul Han que los medios digitales lijan lo que el otro tiene de contrario, privando al ser humano de la capacidad de pensar en la persona que está lejos, y de tocar a la persona que está cerca, reemplazando la proximidad y la lejanía por la falta de distancia. Según el filósofo surcoreano vivimos en una época consonada, carente de misterio, enigma y poesía. Una época que ha eliminado la lejanía a favor de la contigüidad y la falta de distancia. Estas reflexiones se sitúan en total sintonía con lo que Walter Benjamin predijo hace ya casi un siglo.

Sin embargo, y es aquí donde se vislumbra un posible comentario sobre la arquitectura de P + T, Benjamin atisba en su ensayo una potencial salida para el cine, considerando su condición táctil, distante de la distracción, basada en la sucesión de repentinos cambios de lugares y planos que golpean al espectador, durante la proyección de la película.
En otras palabras, sacando al espectador distraído de su espacio de confort, cercenando la distancia entre el patio de butacas y la pantalla, forzándolo a convertirse en un espectador atento. Opina, a su vez que la arquitectura, en determinadas circunstancias, puede contar como el cine con esta recepción dual: táctil, dependiente menos de la contemplación que del uso y la costumbre, de un acomodo que acaba condicionando la percepción; y visual, inatenta, accidental y casual.
Para finalizar afirmando que en tiempos de grandes conmociones históricas las exigencias de percepción que ha de atender el ser humano no pueden resolverse solo visualmente, es decir, mediante la contemplación: los cambios precisan de una acomodación que posibilite y promueva, mediante una recepción atenta, y táctil, un nuevo sistema de costumbres.
La arquitectura de Marta Peris y José Toral precisa ser mirada de cerca. No resulta posible interponer únicamente una mirada distraída. Hay algo siempre que te convoca, que te implica. Invita a tocar, a oler, a hacerse preguntas. Se desea tener cerca a sus autores para escuchar sus respuestas. Los que hemos tenido la fortuna de acompañarlos en sus visitas de obra sabemos de esa mirada con la que, al mismo tiempo que orquestan con firmeza la construcción de su obra, atienden a lo que de ésta recibe quien no la conoce como ellos. Una mirada que siempre intenta aprender, del otro, de lo contrario, aceptando la proximidad, y la lejanía. La falta de distancia no les interesa.

Por otra parte, el compromiso que el estudio mantiene y defiende con la necesidad de abordar hoy en día la arquitectura desde unos presupuestos muy diferentes a las últimas décadas, conduce a unas obras en las que resulta necesario ese proceso de acomodación del que habla Benjamin, requiriendo un nuevo tipo de recepción por parte del usuario.
Especialmente en la vivienda social, el campo en que mayoritariamente trabajan, proyectan desde la perspectiva de una sociedad que gradualmente va demandando nuevas respuestas por parte de la arquitectura, nuevos esquemas habitacionales no jerarquizados, más abiertos y flexibles, construidos a su vez con tecnologías de gran eficiencia energética y materiales sostenibles y duraderos.
P+ T no temen a la normativa. Parten de ella y dialogan con ella, desde el inicio del proyecto. El hecho de conocerla a fondo se constituye en la oportunidad de utilizarla en su provecho. Siempre hay resquicios, flexibilidades que pueden convertirse en herramientas de proyecto. Al hablar de sus concursos, recurren frecuentemente a explicarlos desde la interpretación de la normativa, en ocasiones del cruce entre una normativa general y la particular del sitio.

Los adjudicatarios de una vivienda proyectada por P + T van a encontrar, por ello, cosas que no esperan. Acostumbrados al clásico, normativo y rentable zaguán exiguo de nuestros edificios residenciales, con el espacio mínimo para un ascensor y el arranque de una escalera, se sorprenderán al atravesar el umbral del edificio que los invita a recorrer un ámbito que no sabrán calificar como público, pero tampoco como privado. Podrán llegar incluso a dudar de si han entrado en el edificio, o simplemente han accedido a otra condición de espacio público.
Esta perplejidad los acompañará hasta el momento en que tengan que introducir la llave en la puerta de su vivienda, atravesando espacios amplios y luminosos, ventilados e iluminados naturalmente, atrios bioclimáticos de gran altura bañados por el sol, entendidos como sistemas pasivos, cubiertas transitables y usables. Ámbitos todos ellos que sentirán como propios y en los que se vislumbran futuras relaciones con los vecinos, olvidando aquello de lo que es de todos, no es de nadie.
En el interior de la vivienda no encontrarán pasillos, pero si muchas puertas y filtros que organizan espacios comunicantes porosos, amplios y luminosos, susceptibles de ser colonizados con diferentes usos, receptivos a albergar las particularidades de las vidas de los distintos habitantes. Únicamente la cocina, siempre espacio de paso entendido como corazón de la convivencia, y los cuartos húmedos, gestionados de acuerdo a una sensata co-utilización, se constituirán en aquello que no puede alterarse. Para P + T la cohabitación a distintas escalas dentro del edificio constituye un modelo de sostenibilidad social, no sólo porque optimiza recursos, sino porque fomenta las relaciones humanas fuera de la unidad familiar.

En otro momento de su ensayo Benjamin afirma que «los progresos esenciales en el arte, esos que son elementales, no son nunca el nuevo contenido ni la nueva forma, sino que la revolución dada en la técnica les precede a ambos«. P + T son muy conscientes de que la evolución material y técnica de nuestros días no permite seguir construyendo de la misma manera. Es algo que para ellos no significa únicamente un cambio de procesos, o de utilización de materiales novedosos: impone, más bien, una nueva forma de pensar, de mirar, de actuar. Y una nueva concepción tectónica del espacio.

La estructura de los edificios de P + T encierra una paradoja: no se ve, pero siempre es visible. Visible no como en otros muchos casos en los que se exhibe el esfuerzo de su cálculo, rentabilizándolo mediáticamente para conseguir que ello constituya un atributo de valor de lo construido.
No, se opera de una manera diferente. Se trabaja mediante el montaje invisible, aquel que caracterizó el mejor cine de los años cincuenta, y que perseguía un discurrir de la acción sin sobresaltos, evitando al espectador ser consciente del artificio que suponía construir una película.
Ello se consigue en gran parte mediante la identificación entre la estructura resistente del edificio y la estructura formal que configura los espacios. Nada en sus edificios parece superfluo. La construcción del contenedor y la construcción del contenido parecen coincidir. La estructura y el espacio que ésta delimita crecen a la vez. Incluso el concepto de revestimiento se cuestiona, ya que parece no resultar necesario. Llegar a más con lo mínimo, silenciosamente, como el cine de Ozu.

Ello exige por supuesto un cierto esfuerzo de acomodación por parte del usuario, ocasionalmente incomodado, o al menos sorprendido, por el alejamiento de las costumbres aceptadas que le impone la desnudez de los paramentos. Es algo de lo que también habla Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, cuando afirma que el cine, particularmente con el avance tecnológico que posibilitó filmar con definición suficiente primeros planos —aproximación táctil— había creado una nueva región de la consciencia, entrenando la mirada para ver lo auténtico.
Esta visión de nuestros días, capaz de reconocer lo auténtico, exige otro tipo de recepción, desprejuiciada, una recepción atenta que amplie el campo de significados, que permita entender una forma diferente de gestión del espacio arquitectónico.
Este montaje invisible también se aplica a la utilización del material.
El estudio P + T define la manera de entender los materiales constructivos como eminentemente prestacional, entendiendo las posibilidades de cada material con el fin de aprovecharlo al máximo. Este concepto entra en consonancia con otra característica recurrente de su arquitectura: la confianza en una geometría óptima que permita construir un espacio con la mínima masa y peso posibles. Todo aquello que puede solucionarse por gravedad no se cuestiona ni resuelve de otra manera.
El tiempo de la obra se adapta a este ritmo que, más allá de suponer un retroceso frente a la tendencia actual a acortar plazos por cuestiones económicas, o de suponer un romántico retorno a procedimientos ancestrales, recurre al apoyo en fundamentos que han demostrado su vigencia, lógicamente planteados con fórmulas actuales.

Al visitar una obra en construcción de P + T se tiene la certeza de que los materiales apilados en el suelo van a encontrar su lugar en el espacio proyectado mediante mínimas operaciones estereotómicas.
La materia se desliga de la tierra para encontrar un nuevo lugar, una nueva estabilidad, un contacto con la menor superficie posible. Se agradece con ello el regalo recibido por la naturaleza. Por eso, al visitar las obras en construcción de P + T se percibe un olor diferente, un olor a arcilla mojada, a madera cepillada, a piedra perfilada, un olor exento en la medida de lo posible de componentes químicos, solo los imprescindibles. Un olor que se percibe también cuando el edificio se ha terminado, y que solo será matizado cuando la vida de sus habitantes otorgue sentido a la operación realizada.

Se trata, finalmente, también de una arquitectura valiente.
Recurrimos de nuevo al texto de Benjamin: «Igual que un niño, cuando aprende a asir, lo mismo extiende la mano hacia la luna que hacia un balón, del mismo modo cada revolución capta con la vista, además de los fines asequibles, también los que al principio son utópicos«.
Los arquitectos y arquitectas, queramos o no, estamos en el ojo de una revolución técnica y ambiental sin precedentes. La sociedad espera nuestra respuesta. Y cuesta mucho esfuerzo navegar contra corriente, fortalecido por la certeza de que aquello que podría parecer inalcanzable se puede conseguir. Requiere de valentía desatender los razonamientos basados en el temor a los cambios.
Es difícil recuperar técnicas y materiales olvidados, y convencer a quien corresponda que entender un lugar en el que se va a actuar también tiene que ver con ello. Son necesarios una dedicación y un compromiso inquebrantables para redibujar un detalle cientos de veces, bidimensional y tridimensionalmente, actualizando todo aquello que posibilite una mejor puesta en obra. Cuesta mucho anteponer a la eficiencia económica de un estudio valores más elevados. Marta Peris y José Toral, en nuestra opinión, lo están haciendo, y su esfuerzo e ilusión otorgan sentido a una profesión por momentos denostada, y a una sociedad frágil que necesita ser cuidada.
