El artículo titulado «Apuntes para el viajero», escrito por Alberto Nicolau y publicado en el libro «Penshirubiru. El límite de la vivienda colectiva en Japón«, reflexiona sobre la evolución arquitectónica en las ciudades japonesas, con especial atención a los Penshirubiru o edificios lápiz.
A través de un recorrido por el contexto urbano de Japón, Nicolau nos invita a comprender cómo esta tipología arquitectónica refleja cambios sociales y culturales en el país, destacando las particularidades que hacen de estas construcciones un fenómeno relevante tanto a nivel local como global.

Indice de contenidos
Apuntes para el viajero
Exploradores del futuro
Las ciudades asiáticas en general y las japonesas en particular se han convertido en las últimas décadas en una suerte de experimento a gran escala. Se trata de lugares dinámicos, sujetos a la vorágine de desarrollos acelerados y economías en ebullición. Una relación con el pasado y la tradición completamente distinta de la que tenemos los europeos hace que sus ciudades se renueven constantemente, fagocitándose a sí mismas en un interminable proceso de construcción y reconstrucción.
Seguramente sea éste el motivo por el que es más probable que aparezcan allí nuevos tipos edificatorios, modelos que tardarán más o menos en llegar a Europa pero que inevitablemente terminarán por importarse al viejo continente. Quién se fije en lo que está ocurriendo ahora en Japón se comportará en cierto sentido como un explorador del futuro, ese horizonte hacia el que probablemente todos caminamos sin sospecharlo.
El viajero con frecuencia camina por parajes que le resultan extraños y familiares al mismo tiempo. A su paso encuentra escenas que podrían parecerse a otras que recuerda de su propia tierra y ello hace que no se sienta completamente perdido. Conforme avanza cree reconocer el terreno que pisa, crece en él una sensación de seguridad, pero no es más que una ilusión. Un europeo en Japón siempre será un marinero en tierra que puede aprender lo suficiente como para sobrevivir pero que nunca dejará de sentirse como un náufrago rodeado por un mar de códigos demasiado ajenos como para asimilarlos por completo.
Por este motivo tiende a juzgar lo que le sorprende con la avidez del explorador y creé descubrir especies nuevas allí donde los locales sólo ven la fauna habitual. En este libro señalamos aquello que a nosotros nos resulta peculiar, inusual, nunca visto allí de dónde venimos, con la excitación propia de quien siente que ha hecho un pequeño descubrimiento. Nos miramos los unos a los otros ufanos por el hallazgo, deseosos de contárselo a los demás, pese a que sospechamos que seguramente se nos escape algo, igual que le ocurre a Bill Murray en Lost in translation.
En las grandes ciudades de Japón, muy especialmente en Tokio, nos encontramos con algo que nos parece un ente autóctono, un tipo arquitectónico que en Europa no se ha ensayado todavía. Preguntamos a los locales y nos dicen que es un edificio cada vez más frecuente. Antes, hace 20 años tampoco era tan fácil verlo por allí, pero ahora ya es una ‘especie’ mas que habita la ciudad y lo han llamado ‘Penshirubiru’, como una asimilación del término inglés pencil building, el edificio lápiz.
Son edificios de usos multiples, con frecuencia dedicados a vivienda colectiva, aunque excepcionalmente también se da el caso de casa-edificio para un solo dueño. Tienen una huella extremadamente pequeña, tanto que sólo la superficie dedicada a las comunicaciones verticales puede llegar a ocupar la mitad de la planta. Se elevan en altura sobre estos solares mínimos formando piezas esbeltas, como un lápiz puesto de pie, de ahí su nombre. Cuando aparecen agrupados en una misma calle es inevitable recordar la imagen de una caja de lápices en uso, en la que cada uno tiene diferente longitud. Este nuevo tipo transforma la ciudad, la llena de edificios que por su propia naturaleza no pueden acoger a familias y la convierte en un hábitat poblado por individuos. La arquitectura se hace eco así de lo que parece ser un cambio sociológico en toda regla.
Para nosotros, como arquitectos europeos, resulta por tanto imprescindible estudiar, comprender y compartir estos hallazgos.
Soltar lastre
¿Hasta cuándo puede uno reducir las dimensiones de una vivienda y seguir llamándola ‘casa’?
Entendemos por casa el edificio donde uno habita, el espacio que cobija la vida de alguien, sólo o en familia.
Desde Europa tradicionalmente hemos visto con una mezcla de fascinación e inquietud las imágenes de vivienda mínima que nos han venido llegando desde Japón, casas y apartamentos cada vez más pequeños, donde la vida se comprime en espacios multiusos. Apartamentos en los que sus habitantes presumiblemente han tenido que adaptarse a vivir en lo minúsculo, limitando sus hábitos de vida porque allí ya sólo cabe lo imprescindible.
Desde nuestra perspectiva, basta mirar las plantas y secciones de los edificios lápiz para sentir una inevitable sensación de claustrofobia.
Sin embargo, las circunstancias que a partir de los años 60 del siglo pasado comenzaron a darse en Japón y que produjeron estos tipos residenciales finalmente llegaron también a Europa, por lo que también aquí hubo que experimentar con la vivienda mínima. La tarea de los arquitectos de uno y otro lado se convirtió así en un ejercicio de síntesis, de compresión; cómo resolver todas las vicisitudes de un programa doméstico en la menor cantidad de espacio posible.
Ahora, en Japón se puede observar cómo han avanzado un paso más en este ejercicio de jibarización hasta llegar a un punto en el que compactar ya no es suficiente; ahora es necesario eliminar. El arquitecto que proyecta un Penshirubiru se comporta necesariamente como el piloto de un globo aerostático cuyo empuje vertical está fallando y sólo puede evitar chocar contra el suelo soltando lastre.
La vivienda propia de estos edificios se ha visto obligada a dejar atrás todas las estancias que en un entorno de presión máxima pueden considerarse superfluas. ¿Quién necesita un comedor si puede comer en el salón? ¿Pará qué queremos un salón si podemos comer, leer y descansar en un dormitorio?
En realidad, si lo pensamos bien, ¿por qué tener un dormitorio dedicado cuando se puede dormir en el mismo lugar donde se cocina, donde se trabaja, donde se come? Ninguna de las estancias clásicas es ya imprescindible. ¡Soltemos lastre!
El último reducto de lo específico, del espacio dedicado en exclusiva a una actividad como el aseo personal y la gestión de los residuos biológicos, aquella estancia que eufemísticamente denominamos ‘el baño’, ha caído también. “No podemos dejar que un trasnochado sentido del pudor burgués nos cierre la puerta del futuro”, parecen decirse a sí mismos los habitantes de los edificios lápiz. “¿Para qué consumir tanto espacio inútilmente dedicándole una estancia cerrada en exclusiva a estas actividades cuando podemos lavarnos en la pila de la cocina y colocar el retrete casi en cualquier lugar, como quien pone una silla?” “Bueno”, parece seguir el razonamiento, “quizás haya que cerrar ciertas piezas para evitar olores y ruidos, pero hagámoslo con finísimas paredes de vidrio para no perder ni un ápice de espacio”.

La ciudad-hogar
El urbanita japonés es cada vez más alguien que considera la ciudad entera como su verdadero hogar.
La ‘casa’ privada no es más que un lugar donde dejar la maleta, dormir y asearse. Todo lo demás puede hacerlo de forma mucho mas eficaz en los distintos lugares que la ciudad le proporciona listos para ser utilizados sin necesidad de cuidarlos, como si tendría que hacer si le pertenecieran.
Imaginamos al ‘penshirubiriano’ como aquel que pasa la mayor parte del día en el trabajo, sea en la oficina o en un coworking. Come siempre, o casi siempre, fuera, en un restaurante a veces, pero muchas más en algún local de comida rápida a pie de calle, y otras tantas en el propio lugar de trabajo mientras sigue con su tarea frente al ordenador. Al salir del trabajo se divierte en un bar, en un pachinko o en un karaoke. En su mini apartamento seguramente pase las horas trasnochando, desarrollando su vida social en red recostado en el futón, con los hombros contra la pared, las piernas recogidas y el portátil apoyado su vientre.
Para este personaje, alguien cada vez más común, la casa no es ya aquel lugar delimitado que le pertenece sino una colección de espacios esparcidos por toda la ciudad. Se trata de un hogar atomizado en el que las distintas estancias están unidas por trayectos en metro y que cambian cada día al igual que uno se cambia de ropa. El apartamento en el edificio lápiz ha dejado de ser una casa completa para convertirse simplemente en una pieza más del puzzle que constituye el auténtico hogar: la ciudad.
La magia
Para los arquitectos ocupados en desarrollar este nuevo tipo, la tarea no se ha convertido tan solo en un ejercicio de renuncia.
Al redibujar con cuidado y cariño todos los ejemplos que les mostramos aquí descubrimos cuánto empeño y dedicación han puesto los autores en ofrecerle al nuevo habitante un espacio de calidad. “Podemos renunciar a muchas cosas, pero jamás renunciaremos a la magia”, parecen querer decirnos con sus trabajos. Porque sin duda resulta mágico ver cómo proyectos hechos en circunstancias tan adversas consiguen emocionarnos con sus extraordinarias cualidades. Asombra ver la cantidad de recursos que se han empleado para deleitarnos.
Están aquellos proyectos que consiguen apropiarse de su espacio circundante con la mirada para expandir los límites de la casa. Por ejemplo, el proyecto TEO de aat+ Makoto Yokomizo, cuya planta probablemente sea la más pequeña de todas (tanto que en su minúsculo espacio interior cuesta imaginar dónde desplegar la cama), se yergue sobre la bahía como un centinela que parece reclamar la ciudad entera como suya. Incluso en estas estrecheces, los apartamentos TEO gozan de una terraza desde la que sentir la brisa marina y el sol.
En la misma línea, los ‘Apartament I’ de Kumiko Inui contrarrestan el hecho de que su espacio interior no puede ser más que una estrechísima franja alrededor del núcleo dotándose de una piel totalmente transparente que permite trasladar el límite hasta allí donde la vista choca contra un objeto exterior, transformando así las fachadas de sus vecinos que en las paredes interiores de su casa.
Otros proyectos se atreven a utilizar la sección como una escapatoria de la mediocridad.
El proyecto Spira de Hiroyuki Ito se plantea como una única gran escalera que asciende abrazándose al núcleo central generando la impresión de que la casa continua sin fin al doblar cada esquina. En su escalada, deja que cada uno de sus grandes ‘peldaños’ se convierta en una suerte de estancia sin función precisa.
Puesto que los espacios así dispuestos no tienen ‘nombre’, pueden ser en cada momento aquello que su habitante decida. Siguiendo una estrategia diferente, el proyecto Studiolo de CAt convierte cada pequeño estudio en dos espacios muy distintos unidos por una escalera que los vincula diagonalmente. Así, por pequeños que sean, el habitante siempre tiene ‘otro’ lugar al que ir diferente de aquél en el que se encuentra.
En una búsqueda incansable del espacio dentro del espacio, algunos proyectos encuentran una dimensión extra en el ‘grosor’ de suelos y techos. Tanto el proyecto Frames de Komada como el Tatsumi de Iroyuki Ito nos muestran cavidades y desniveles excavados en el suelo que transforman espacios relativamente pequeños en estancias complejas. El mismo procedimiento aplicado al techo hace que el espacio se expanda y respire como quien toma una bocanada de aire. Un uso muy acertado de diferentes materiales y colores contribuyen a contradecir la rigidez propia de la ‘caja’.
Probablemente los mayores alardes de ambición los ofrecen aquellos autores que no renuncian a trabajar con la monumentalidad. Proyectos como el Brook House de Go Hasegawa en Okachimachi nos muestran cómo es posible construir un espacio complejo, barroco y sorprendente en el interior de una torre tan esbelta. Las plantas de los apartamentos han sido torturadas y deformadas para conseguir que entre las piezas aparezca un espacio continuo que nos recuerda a las grietas que forma el agua al discurrir entre las formaciones rocosas. La luz que irrumpe en este ‘patio’ imposible revela espacios que alejan al edificio de lo doméstico para trasladarlo al territorio de lo heroico.
El tótem
La lista de brillantes recursos arquitectónicos que contiene este catálogo es demasiado larga como para desgranarla por completo.
Es mejor pues dejar que sea el lector quien descubra cada uno de los trucos que los arquitectos aquí reunidos esconden bajo la manga. Que recorra las páginas del libro como quien pasea por la ciudad y descubre estrategias o detalles que a nosotros mismos se nos han escapado. Nos atrevemos tan solo a hacer un apunte más antes de que sea usted quien comience su viaje.
Pese a lo que podría parecer, los edificios lápiz no son en absoluto una especie de segunda categoría dentro de la jerarquía urbana. Sus proporciones tan esbeltas los convierten inevitablemente en figuras singulares que destacan entre la multitud. Además, se construyen en su gran mayoría con materiales nobles, sin derrochar recursos, pero demostrando el cuidado técnico y constructivo propio de los mejores edificios.
Estos edificios se elevan como torres exquisitas, cuyo sabio uso de la tectónica produce resultados sorprendentes, llamativos como el plumaje de las aves exóticas. Resulta evidente que no aceptan una supuesta rebaja de la calidad impuesta por las condiciones del solar, sino que asumen con orgullo su propia naturaleza. No parece por tanto tratarse de la última versión de infravivienda propia de las grandes metrópolis.
Tal vez sea el resultado de una sociedad que acepta la congestión como un factor insoslayable y responde con la determinación de quien no se rinde ante la adversidad. Los Penshirubiru reclaman para apoyarse una porción de suelo muy reducida, es cierto, pero se levantan sin complejos como tótems de la contemporaneidad.
Alberto Nicolau