Luis Manovel Mariño escribe esta introducción al libro «Penshirubiru, el límite de la vivienda colectiva en Japón«, en la nos explica el porqué de la aparición de este nuevo tipo de vivienda urbana en el país.
Japón está sufriendo un cambio. En sus ciudades se observa como están apareciendo una serie de edificaciones con características comunes que parecen constituir un nuevo tipo. Estas particulares construcciones se alzan sobre el tejido de las urbes niponas como árboles en un denso bosque de edificaciones. El organismo vivo que es la ciudad de Tokio ve nacer en este siglo XXI la nueva vivienda urbana.
Las células de este organismo se regeneran constantemente y la habilidad de los arquitectos japoneses se pone de manifiesto empujando al límite cada nuevo elemento del sistema. Como un gran laboratorio de ideas, la ciudad está siendo transformada y, en este proceso de renovación constante, identificamos un patrón común, un sesgo volumétrico que aparece con asiduidad en los distritos más densos de las grandes ciudades japonesas.
Estas edificaciones se identifican por su gran esbeltez y su reducido espacio en planta. La profusión actual de estos elementos queda reflejada en el lenguaje de los japoneses que los han nombrado ペンシルビル. La pronunciación sería pe-n-shi-ru-bi-ru, y la traducción, edificio lápiz.
El valor de los ‘penshirubiru’ no radica únicamente en su volumetría, sino que estos elementos arquitectónicos son muestra de una nueva visión de la vida en la ciudad. La vivienda lápiz es esbelta, eficiente, resolutiva y de una imagen ciertamente impactante. Su aparición en el nuevo milenio es el resultado de un proceso histórico y urbano muy particular y su materialización está íntimamente ligada a la sociedad y la cultura japonesa. Así pues, el desarrollo y la tradición serán la seña de identidad de esta nueva vivienda urbana, que no es sino una consecuencia lógica del contexto actual tokiota y una especie autóctona japonesa.
Indice de contenidos
DEL SHOGUNATO A LA MODERNIDAD
La cultura propia de los pueblos es indudablemente influyente en el modo de vida de sus sociedades. Japón ha supuesto siempre un polo de atracción para muchos curiosos y ha sido estudiado con lupa por muchos pensadores, sociólogos y también arquitectos. Conocidas figuras como Frank Lloyd Wright o Bruno Taut incluso vivieron alguna temporada en aquel país cuya particular cultura les intrigaba. Ambos percibían en Japón ciertos valores arraigados en su tradición que diferían del resto del mundo y que determinaban, de una manera muy marcada, el estilo de vida, la domesticidad y la cotidianeidad de los habitantes del país. Escribía José Manuel García Roig: «La búsqueda autónoma por parte de Bruno Taut de la ‘pura japonesidad’ derivaba de su convicción de que la cultura nace de las condiciones locales climáticas y sociales» (García Roig, 2000).
Como punto de partida, la situación geográfica de Japón condiciona radicalmente la construcción en el país. El alto riesgo de sismo siempre ha marcado la vida de los japoneses y muchos atribuyen a este hecho dos claves de su arquitectura tradicional: el uso predominante de la madera y la temporalidad de las construcciones que se renuevan cíclicamente con el paso de los años. Numerosas investigaciones han tratado de identificar esa ‘pura japonesidad’ en la arquitectura prebudista, es decir, anterior a la llegada de la influencia budista y china a Japón (siglos VI y VII).
Lo observado en las arquitecturas japonesas prebudistas es una sencillez en las formas y una limpieza y honestidad en el uso de los materiales. En estas construcciones destaca también la gran adaptabilidad de los sistemas constructivos al entorno en el que se enmarcan, con importantes aislamientos o distintos posicionamientos sobre el terreno.
Estas características propias se ven fuertemente desvirtuadas con la llegada de la influencia china. Durante siglos la complejidad de las formas chinas y su pintura colorida inundaron Japón. Bruno Taut señaló la villa imperial de Katsura (siglo XVII) como el punto de retorno a lo puramente japonés, un profundo trabajo de eliminación de influencias procedentes de templos budistas chinos.
Desde finales del siglo XII, Japón vivía bajo un régimen equiparable al sistema feudal europeo, encabezado por las clases guerreras y en última instancia por el shogun, un dictador militar. Durante estos siglos (del XII al XIX), las principales urbes japonesas se caracterizaron por una alta densidad de población y una rica mezcla de usos residenciales, comerciales, productivos y culturales.
Las edificaciones de madera se apiñaban en los distritos más boyantes de Edo, actual Tokio, que, en el siglo XVIII, contaba ya con más de un millón de habitantes. Las calles eran estrechas y muy concurridas y las viviendas pequeñas, sombrías y eficientes. Frank Lloyd Wright definía la casa japonesa como «un estudio supremo de eliminación, no sólo de la suciedad, sino de la eliminación también de lo insignificante» (Gil, 2014).
Al igual que ocurría en muchas ciudades europeas, las fachadas a calles comerciales eran muy cotizadas, lo que finalmente derivó en una división por parcelas muy alargadas. Evelyn Schulz, profesora de estudios japoneses en la Universidad de Munich: «La calle principal está formada con las residencias y negocios de la clase alta local, mientras que en las calles estrechas y carriles traseros, comerciantes menos ricos, artesanos y trabajadores viven en largas casas, generalmente de un solo piso, en casas hilera alquiladas, llamadas nagaya» (Hildner, 2014)
Este sistema se vio interrumpido a todos los niveles por la Restauración Meiji, una serie de acontecimientos acaecidos en Japón entre los años 1866 y 1870 que concluyeron con la guerra Boshin, tras la que el país se unificó bajo el mando del emperador Mutsuhito, conocido como emperador Meiji. La corte imperial se instaló en Edo, de ahí en adelante denominado Tokio (capital del este).
En las décadas siguientes el país experimenta cambios muy importantes. Se produce una vertiginosa modernización en todos los sentidos y Japón se abre al mundo. Las relaciones con los países occidentales y los consejos de expertos europeos suponen una contribución clave para este desarrollo.
En el terreno arquitectónico, este período estuvo fuertemente influenciado por la arquitectura y el urbanismo occidental. En Tokio se construyen las instituciones del nuevo Japón. Estos edificios adquieren una escala nunca antes considerada en el país nipón y se realizan con materiales poco utilizados hasta el momento como la piedra. Se regularizan algunos trazados de calles y la imagen de ciertas áreas comienza a occidentalizarse.
La modernización del ejército japonés y la veneración del emperador fueron poco a poco derivando en un marcado militarismo que atentaría contra toda Asia. Esta rápida industrialización, la amenaza del imperialismo occidental o la inclusión de numerosos ex-samuráis en el ejército pueden ser causantes de este carácter belicista que llevó a Japón a convertirse en una gran potencia militar y a emprender una campaña de conquistas con un final por todos conocido.
Tras la II Guerra Mundial, los japoneses respondieron y levantaron un país devastado por dos bombas atómicas e inimaginables bajas humanas y materiales. El escritor neoyorkino Neil Shea, en conversación con Kengo Kuma, afirmaba que «El Tokio contemporáneo fue construido rápida y aleatoriamente, sus edificios, carreteras y líneas de tren ocupaban los espacios vacíos creados por bombas y fuego» (Shea, 2019).
Durante la reconstrucción, la decisión tomada fue otorgar libertad al mercado para construir la ciudad en base a las decisiones que puedan tomar los ciudadanos y las empresas ya sean grandes multinacionales o pequeños negocios de barrio. Meike Schalk, del Real Instituto de Tecnología (KTH) de Estocolmo: «En un momento en que la profesión de urbanista (en el sentido occidental) no existía todavía en Japón, ellos respondían a una situación urbana caracterizada por una falta de infraestructuras y una ausencia de urbanismo con un ‘dejar hacer’» (Schalk, 2014).
La ocupación estadounidense duró hasta 1952 y el apoyo de Japón a los americanos en la guerra de Corea supuso el punto de partida de lo que se conoce como el milagro japonés. De un país completamente arrasado por la guerra emergió una sociedad trabajadora y organizada que llegó a ser la segunda economía del mundo en los años 60. El PNB crecía a más del 9% anual de 1953 a 1965 y en el año 1964 Japón suponía cerca del 25% de la producción mundial de automóviles.
Todo este desarrollo económico derivó en una expansión demográfica y un crecimiento exponencial de las ciudades japonesas. Estas ciudades partieron desde cero y en gran medida, como en otros muchos otros campos, tomaron como ejemplo el modo de vida americano. Los grandes centros de trabajo se establecieron en las áreas más céntricas de los núcleos de población creando distritos financieros muestra de una economía tecnológicamente muy avanzada. Al mismo tiempo, en los suburbios de estas ciudades se fueron haciendo más y más grandes las áreas residenciales y la ciudad crecía sin fin y sin control. Dentro de este aparente caos se iba configurando una separación de usos por áreas en la que distinguíamos entre las torres y grandes oficinas en el centro y un mar de diminutas piezas extendiéndose a su alrededor.
La ciudad crecía y la administración no respondía a tiempo a este descontrolado desarrollo. Christian Schittich, el que fuera editor en jefe de la revista Detail, explicaba que: «Una ley de planificación urbanística (aún hoy en vigor) fue promulgada por el Parlamento relativamente tarde a finales de los años sesenta […] Regula principalmente dónde y para qué uso pueden tener lugar las actividades de construcción. Sin embargo, en la mayoría de las zonas residenciales no existen planes urbanísticos como en Europa» (Schittich, 2016).
Se entiende que la intención por parte del ejecutivo japonés a lo largo de décadas de gran expansión nunca fue la de imponer unas determinadas formas urbanas, ni siquiera la de elaborar normativas urbanísticas complejas. El ejemplo de las autopistas es muy recurrente para expresar este descontrol en el crecimiento de las ciudades de Japón. «Las autopistas fueron construidas con prisa para llegar a tiempo a los Juegos Olímpicos de Tokio» (Kaijima, et al., 2003).
Así crecían Tokio, Osaka, Fukuoka, Kioto o Nagoya, por medio de pequeñas edificaciones que se desparramaban por el territorio sin un plan previo. Todo este sistema funcional, parcelario e infraestructural es el que se dispusieron a transformar un grupo de jóvenes arquitectos que se presentaron al mundo como los metabolistas en la Conferencia Mundial de Diseño en Tokio en 1960. Aquel equipo representado por Kenzo Tange, quien, por aquel entonces, ya gozaba de prestigio internacional, contaba con nombres como Kiyonori Kikutake, Kisho Kurokawa, Fumihiko Maki, Masato Ohtaka, Noburu Kawazoe o Arata Isozaki.
El metabolismo japonés se encargó de difundir la idea de ciudad como organismo vivo. En estas ciudades que planteaban, cada individuo, familia o unidad de convivencia habitaría las células o espacios que requeriría en cada momento según su situación. De manera similar el resto de los programas urbanos ocuparían las células de la ciudad. De esta forma, la ciudad emula un ente orgánico que modifica su configuración en función de las necesidades del momento. La ciudad requeriría de una importante red de infraestructuras, de una gran planificación previa y de una inversión extraordinaria.

Las teorías del metabolismo tuvieron una influencia enorme en arquitectos y urbanistas de todo el mundo. Sus ideas han dado pie a numerosos avances entorno a la infraestructura de las ciudades y a la concepción de célula habitable. Sin embargo, no tardaron en aparecer críticas a estos proyectos con infraestructuras importantes y fuertemente jerarquizadas. Incluso desde dentro del movimiento metabolista surgieron voces críticas como la de Fumihiko Maki que planteaba formas colectivas no jerárquicas y rechazaba las composiciones inorgánicas y geométricas tan propias de estos proyectos.
Al cabo de los años, pocos proyectos se han llevado a término y no han podido ponerse en práctica sus teorías a gran escala para la ciudad. En opinión de Reyner Banham, escritor y crítico de la arquitectura británico, la mega-estructura planteada por los metabolistas prometía «resolver los conflictos entre el diseño y la espontaneidad, lo grande y lo pequeño, lo permanente y lo transitorio y ha fracasado […] ahora se admiten deseos individuales de expresión propia, una contradicción que las mega-estructuras fueron finalmente incapaces de resolver» (Schalk, 2014). Las grandes infraestructuras proyectadas por los metabolistas no reflejaban el proceso de democratización e individualización de la sociedad porque planteaban una ciudad homogeneizada a través de esta tecnología inmensa. En un tono similar, Junya Ishigami argumentaba que «por lo general, cuando se diseña una mega-estructura, esta termina alejada de la escala diaria de nuestra existencia» (Ishigami, 2019).
En los años 1990 y tras décadas marcadas por un fulgurante desarrollo económico y demográfico, Japón se vio sumido en una importante crisis. Los historiadores han denominado estos años como la década perdida. La burbuja inmobiliaria estalló entorno a 1991 y el mercado de la construcción se vio fuertemente afectado. El país frenó bruscamente su crecimiento demográfico y económico. Se veían por primera vez desde la guerra a vagabundos que formaban asentamientos informales en las ciudades más importantes del país.
El país nipón volvió a reinventarse y su modelo proteccionista evolucionó hacia una economía mucho más liberal y occidentalizada. Este punto de inflexión supuso cambios de gran relevancia a nivel económico, pero también a nivel social, laboral, urbanístico y arquitectónico. El nuevo milenio es consecuencia de todo ello.
ESCENARIO PRESENTE
La llegada del siglo XXI coincide con un importante cambio de tendencia en la demografía: en Japón la cifra de decesos al año es ya mayor que la de nacimientos. El número de ciudadanos japoneses mengua a causa de una preocupante pérdida de actividad sexual y de relaciones humanas, así como de una altísima tasa de suicidios. Estos datos son síntomas de que el país está sufriendo un cambio de paradigma social sin precedentes por el cual el modelo de familia nuclear se está viendo sustituido por el de una sociedad de individuos.
La individualización de la sociedad y el aislamiento personal es un hecho en las principales ciudades japonesas. En prefecturas como Osaka, Aichi (Nagoya) o Fukuoka el porcentaje de viviendas que son destinadas al uso de un único ocupante, es decir los hogares unipersonales, eran ya en 2005 del 30% aproximadamente. Esta cifra se eleva hasta casi un 43% de las viviendas en la prefectura de Tokio. Se podría afirmar que estas ciudades están pasando a ser ciudades de individuos.

Los ciudadanos japoneses están incorporando en su día a día nuevas rutinas. Actualmente, las jornadas laborales son largas y es muy habitual que los japoneses coman o cenen solos (casi siempre fuera de casa), y acudan a karaokes u otras actividades de ocio en soledad. Las escasas relaciones sociales que se dan suelen ocurrir en entornos laborales y esto hace que los nipones, cada vez menos ligados a la casa familiar del extrarradio, se vean atraídos por la vida urbana en centros con una densidad edificatoria más alta.
Además, los trayectos en estas urbes son largos y debido a una altísima afluencia en los transportes públicos, se generan en ellos situaciones incómodas o incluso insalubres por la gran acumulación de personas en espacios reducidos. Por tanto, la movilidad, aún siendo muy eficaz, es actualmente otro de los motivos por el que los ciudadanos están renunciando a una vivienda de mayor tamaño por tener mejor acceso tanto al lugar de trabajo como al resto de servicios que estas áreas urbanas pueden ofrecer.
Para estos urbanitas, la vivienda está adquiriendo un papel diferente. La vivienda es unipersonal y atomizada, es decir, un espacio que sirve a un individuo para lo mínimo: dormir, asearse y comer lo justo. La domesticidad en el siglo XXI ya no incluye invitar a amigos o familiares al hogar, cocinar para grupos ni acoger a otras personas a pasar la noche. El espacio doméstico muestra una reducción de todo lo que no es imprescindible. Es por ello por lo que en 2013 una persona en Japón requería una media de 23m2 de espacio vital mientras que en Alemania o Suiza exigían el doble, 46m2.
Todos estos aspectos característicos de la sociedad japonesa actual están dando lugar a una densificación ligada a áreas ya construidas de la ciudad y un gradual retorno a la mezcla de usos tan característica de las urbes niponas antes de un siglo XX tan convulso. Esta densificación se traduce en la transformación de las ciudades japonesas en ciudades policéntricas por medio de la inclusión gradual de oficinas y negocios de todo tipo en barrios clásicamente residenciales y de la inserción de la vivienda colectiva en áreas urbanas destinadas desde hace décadas a un uso financiero y administrativo.
Cada cambio social a lo largo del proceso histórico de Japón ha sido rápidamente absorbido por la arquitectura. Koh Kitayama argumentaba que «el corto ciclo de vida de la arquitectura japonesa proviene de un sistema social que garantiza el cambio» (Kitayama, et al., 2010) Debido a esta temporalidad en la arquitectura, dinámica adquirida desde hace siglos, este proceso de re-densificación y policentrismo está siendo llevado a cabo a una velocidad de vértigo.
Esta transformación urbana está determinada por la caótica morfología de las ciudades japonesas. La compleja preexistencia es consecuencia de un arraigo cultural a unas costumbres propias y de las catástrofes naturales y la guerra que han ido destruyendo las ciudades de manera cíclica en los últimos siglos. Durante siglos los japoneses han habitado ciudades muy densas y con una actividad urbana muy alta. Este aparente caos, es causado por la población, por sus costumbres, su manera de entender ciertas actividades cotidianas y esto se refleja en la actualidad en las calles de zonas como Dotonbori en Osaka o Shinjuku, Taito o Shibuya en Tokio. Por este motivo las administraciones locales pueden no haber tenido nunca la intención de intervenir en el diseño urbano de manera tan clara como en Occidente, ni siquiera tras la destrucción de estos núcleos de población. Los japoneses nunca buscaron la retícula de Nueva York, ni las autopistas de Brasilia, ni los ejes del París de Haussmann o los de la Roma de Sixto V. Los japoneses buscaban el dinamismo y la mezcla de usos, y en el nuevo milenio los han recuperado.
En este proceso de densificación y policentrismo de las urbes niponas, los arquitectos se enfrentan a un gran reto, el de insertar edificaciones destinadas a la vivienda colectiva en entornos con una difícil morfología urbana y unos importantes condicionantes volumétricos. Ya en la época de los 1960, el que fuera editor de la inglesa Architecture Review, J.M.Richards «abordó no sólo la aparente ausencia de planificación, sino también la falta de espacio público en la ciudad. La ciudad de Tokio estaba pulverizada en millones de pequeñas parcelas privadas» (Schalk, 2014). Ésta es la principal característica del sistema japonés, una grandísima división de la superficie urbana en parcelas diminutas.
La subdivisión parcelaria es en Japón un hecho cotidiano. La población japonesa lleva años dividiendo más y más las parcelas urbanas hasta llegar a límites insospechados con el fin de reducir los impuestos sobre los terrenos. En la prefectura metropolitana de Tokio, por ejemplo, se permiten tamaños de parcela minúsculos y la altura de la edificación se limita en función del acceso al sol de los ciudadanos. Como resultado, se dan volúmenes construibles realmente altos en aquellas parcelas que limitan con grandes avenidas y volúmenes más bajos en las calles secundarias. La edificabilidad permitida entorno a calles anchas es tal que, a pesar de la gran densidad construida del Tokio actual, aún cabría la posibilidad de crecer mucho más en altura en estas bandas, aunque las parcelas que se ubiquen en ellas sean mínimas.
Además, el riesgo a sismo, siempre presente en Japón, influye enormemente en la construcción. Una excentricidad estructural excesiva es una de las causas más importantes de daño o colapso de la estructura y, para evitar esto, nos encontraremos soportes de gran tamaño, poca distancia entre apoyos y volúmenes simples que tienden a ser prismáticos. La normativa japonesa también establece que se debe respetar una distancia de al menos 0,5 metros a la parcela colindante. Esta distancia de seguridad previene posibles daños estructurales que se transmitan de una construcción a las adyacentes.
Por tanto, el reto consiste en proyectar para parcelas de planta reducida, insertas en una trama caótica, con una alta edificabilidad y una libertad volumétrica amplia, una verdadera forma de construir en lo construido, una demostración de gran adaptabilidad. Los equipos de arquitectura japoneses exprimirán esta permisividad normativa para evolucionar hacia una volumetría anómala, extrema y que definirá un tipo nuevo, la vivienda lápiz, esbelta, eficiente y mínima.
PENSHIRUBIRU, UN RESULTADO LÓGICO
Esta nueva vivienda es sin ninguna duda, una respuesta al nuevo modelo social que ha generado una mayoría de hogares unipersonales y a una economía ciudadana basada también en esta marcada individualización y en las rutinas diarias actuales que vuelven a tender a esta reconcentración de la ciudadanía entorno a áreas muy densas y con una gran mezcla de usos. La diversidad de la sociedad actual se ve reflejada en las diminutas piezas que conforman estas grandes urbes. Como reflejo de esta multitud de individuos diferentes, los elementos arquitectónicos de pequeña escala adquieren formas muy distintas respondiendo a cada situación particular.
Los ‘penshirubirus’ no son más que un paso hacia delante en esta evolución de la sociedad japonesa, que destaca por mostrar al mundo una extraordinaria simbiosis de la más absoluta modernidad tecnológica y un gran arraigo por las tradiciones más antiguas de su pueblo milenario. La estudiada japonesidad se encuentra de nuevo en una temporalidad corta en las edificaciones, una importancia del riesgo al sismo en la construcción, y unas cualidades tradicionales que determinan una forma de ver el mundo y que rigen unos patrones de diseño claros: sencillez de formas, limpieza de materiales, cuidado del detalle… Estas cualidades han sido aplicadas en la arquitectura japonesa a lo largo de los siglos, pero también imprimen un carácter en la sociedad, la cual, al igual que la arquitectura, ha hecho propio el proceso de eliminación de lo insignificante.
Por lo tanto, podríamos concluir que todos los cambios sociales, económicos e históricos de Japón en los últimos siglos se han ido reflejando en la ciudad por medio de la transformación de elementos de pequeña escala que definen la forma heterogénea de la ciudad. La ciudad crece en extensión o se compacta utilizando diversas formas, pero siempre traducidas en pequeñas piezas que se ven insertas en tramas caóticas fruto de la historia y la cultura propias de Japón.
Como resultado de todo lo anterior, en el Japón del siglo XXI, nos encontramos ciudades súper pobladas, muy dinámicas y compuestas de varios centros con una intensa variedad de usos. Las particularidades propias de Japón como la subdivisión parcelaria, el caótico estado de la morfología urbana en la actualidad, la temporalidad de las construcciones y la individualización de la sociedad han supuesto el contexto que ha producido, como consecuencia lógica, esta nueva vivienda urbana, el ‘penshirubiru’, una vivienda extrema, una anomalía volumétrica profundamente japonesa, una especie autóctona tokiota.



