Impresiones de un viajero sobre el Harpa

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Por Antonio Gomis Bernal, Temas de Arquitectura nº 17- Edificios Culturales

Islandia seduce a cualquier viajero sensible por su poderosa y viva naturaleza. Es un país rico en fenómenos naturales únicos: volcanes activos, glaciares, geiseres, fumarolas, cascadas, lagos, icebergs, fiordos… Proliferan en él las formaciones basálticas en cuevas y acantilados que son esculturas naturales de gran belleza, que varían a lo largo del día en función de los cambios de luz. La luz, el agua, la tierra, el fuego y a ratos la soledad, te acompañan por ese extraordinario país, escasamente poblado, con granjas diseminadas y pequeños núcleos de población, caracterizados por su arquitectura sencilla de casas tradicionales con colores vivos y almacenes para el desarrollo de actividades de sus industrias básicas.

Contrasta con esa sensación de soledad que a veces se respira a lo largo de su geografía, la vida en la ciudad de Reikiavik que alberga más del 50% de la población de Islandia. La gente, en su mayoría joven, de rasgos predominantemente nórdicos y celtas, es amable, culta, abierta y divertida. Dos aspectos que caracterizan la vida en esta ciudad son la cantidad de librerías y salas de lectura que existen (no es casual que figure en las estadísticas como el país que más libros edita per cápita) y la vida nocturna durante los fines de semana por sus calles, bares y salas de fiesta.

Sorprende, en un primer momento, descubrir en esta ciudad, capital de un país rico en tradiciones, mitos y leyendas, un centro cultural de las características del HARPA, una joya de arquitectura moderna. Pero no es más que una sorpresa instantánea, ya que el centro es un compendio de las virtudes de la actual sociedad islandesa, joven, emprendedora, culta y abierta.

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El HARPA, se construyó en un momento de aguda crisis económica, con el respaldo y apoyo de la población.
Uno de los aspectos que más seducen del Centro, es su carácter abierto y vivo, por la cantidad y variedad de usos y actividades que en él tienen cabida, amén de las específicas de conciertos, convenciones, conferencias, representaciones operísticas, etc. Es un lugar al que se puede ir a leer sin más, o a conversar, o a pasar un rato, o a tomar una copa, o a cenar. Este resulta ser su mayor valor añadido frente a otros centros, en otros países, de concepción más limitada y en ocasiones elitista, por estar destinados en exclusiva a conciertos y/o manifestaciones artísticas. Probablemente esel carácter de centro abierto y vivo, lo que le hace ser un lugar de referencia, estimado y querido por la población y del que los islandeses se sienten orgullosos.

Desde el punto de vista arquitectónico resulta un edificio sublime, siendo sin duda uno de los grandes ejemplos de buena arquitectura pública de los últimos años, como refrenda la concesión del premio Mies van der Rohe de Arquitectura en 2013.
Es como una gran escultura que emerge de la tierra. Su situación es inmejorable. Situado en un espacio abierto, en el borde entre el mar y la tierra, favorece la creación de una nueva centralidad, a partir de él, en el viejo puerto.
Es visible desde distintos puntos de la ciudad y según desde el ángulo que se mire ofrece perspectivas diferentes.
Al aproximarte al edificio empiezas a valorar la importancia que tienen sus cerramientos. Construidos a base de piezas en forma de paralelepípedos de cristal y acero, consiguen unos efectos cromáticos muy interesantes y variados a lo largo del día en función de la luz que reciben. Dicha importancia se aprecia de manera intensa al penetrar en su interior, donde esos elementos repetitivos y bien dimensionados, parecen como suspendidos y desde donde se ve su continuidaden partes de la cubierta. Recuerdan las formas basálticas cristalizadas, tan peculiares a lo largo de la geografía de Islandia. Es interesante ver la ciudad, el puerto y el agua a través de esos cerramientos y desde distintas alturas.

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El conjunto tiene un valor escultórico tremendo, fruto de la colaboración entre los arquitectos de Henning Larsen y el artista plástico Oliafur Eliasson. La luz y la transparencia son los elementos clave de dicho valor. De entre las piezas modulares que componen las fachadas, hay un número de ellas especiales, con cristales de diferentes colores, que mejoran la armonía y complejidad del conjunto. Por la noche el sistema de luces integradas que disponen dichas piezas, generan una riqueza cromática muy interesante. Al mismo tiempo los reflejos que producen sobre el agua son de una gran variedad y plasticidad, tanto desde el exterior como desde el interior del edificio.

El interior tiene una riqueza espacial y una complejidad que son muy estimulantes para la vista.
Las tres grandes salas que contiene el centro son muy acogedoras por sus proporciones, su excelente acústica, la delicadeza de sus cerramientos en madera y su color e iluminación, que recuerdan continuamente algunos fenómenos de la naturaleza del país.

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El diseño de los cerramientos interiores de dichas salas, que sirven de límite a las cajas de resonancia perimetrales a cada una de ellas, resultan en particular muy interesantes. El de la gran sala, de color rojo intenso caliente, parece rememorar al interior de un volcán. El de las otras dos salas, a base de piezas estilizadas en madera, aparte de su función acústica, permite graduar y regular unos efectos visuales de luz y color cambiantes (verdes, azules, anaranjados…), que además de rememorar fenómenos de la naturaleza como la luz, el agua o el fuego, son de una gran belleza.

En resumen nos encontramos con un edificio que ha sabido plasmar el alma de un país y de sus habitantes.

Antonio Gomis Bernal

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