Este artículo, escrito por Gonzalo Mendoza y publicado en la monografía Gabriela Carrillo TC 164, ofrece un recorrido por una década de trabajo de Gabriela Carrillo, destacando su enfoque único hacia la arquitectura como un medio para explorar la dignidad espacial, el diálogo con la otredad y la conexión con el contexto.
Desde proyectos públicos como el Muelle de San Blas y el Ecoparque Bacalar, hasta residencias privadas como la Casa Piedra, la obra de Carrillo combina sensibilidad estética, innovación material y compromiso social. A través de bocetos, reflexiones personales y una práctica colaborativa, Carrillo redefine el papel de la arquitectura en la sostenibilidad y la experiencia humana, creando espacios que trascienden lo funcional para ofrecer respuestas profundas y significativas.
Indice de contenidos
De preguntas y artefactos
El proceso creativo de Gabriela Carrillo
Cuando una idea no fluye, o cuando muchas ideas no fluyen, Gabriela camina en círculos en su estudio privado en la Ciudad de México. Recorre una y otra vez alrededor de la mesa intentando clarificar esas intenciones que volverá a reflexionar y compartir con sus socios y su equipo de trabajo, para que posteriormente se conviertan en un objeto construido, lleno o vacío.
Está en el proceso conceptual de tres nuevos proyectos, y antes de haberse puesto a dar vueltas en el estudio, ese mismo patrón ya se repitió sobre el papel, trazos, uno sobre otro, acompañados de anotaciones, dibujos, café y tabaco.

Los cuadernos de dibujo de Gabriela son un reflejo importante de su hacer en el día a día, los croquis conceptuales, los dibujos de Paulo, su hijo, las tablas de calificaciones de sus estudiantes, las anotaciones de una llamada con clientes, la comparativa en la evaluación de un jurado, los pagos pendientes, una solución estructural o garabatos que quizás sólo ella sabe de qué son. Estos, son el primer paso en un proceso de diseño que desde hace varios años se ve complementado no sólo con una práctica desde lo proyectual, sino también con las experiencias de viajes, académicas, personales y de maternidad.
Recorrer las bitácoras de Gabriela fue un punto fundamental para estructurar el contenido de esta monografía, no únicamente con el fin de seleccionar y publicar “los mejores” dibujos, sino también para entender un proceso de trabajo y su respectiva evolución —entre 2014 y 2024, los diez años que este volumen compila— desde una perspectiva completamente nueva a mi común cercanía con Gabriela como su estudiante, colega en la academia, amigo y habitual escucha de sus reflexiones, conferencias y entrevistas. La lectura de estas bitácoras de trabajo no hicieron más que sumar para reforzar las discusiones propias en torno a la obra de Gabriela Carrillo en sus distintas etapas, formas de colaboración y maneras de hacer arquitecturas.
Una década de proyectos y colaboraciones
Los diez años compilados se despliegan en esta memoria de trabajos desde las tres colaboraciones que cruzan la práctica proyectual de Gabriela: su sociedad con Mauricio Rocha en el Taller de Arquitectura desde el 2011 y hasta el 2019, año en que es aperturado el Taller Gabriela Carrillo, y conformado el Colectivo C733, en conjunto con TO, labg e Israel Espín, con el fin de desarrollar proyectos de obra pública.
Estos, se muestran sumados a casas habitación y conjuntos privados, oficinas, centros culturales, pabellones, museografías y ejercicios de arquitectura efímera, que a su vez se entrelazan con experiencias en el trabajo con el paisaje y territorio, la reflexión en torno a los programas arquitectónicos, el diálogo con preexistencias naturales o construidas, materialidades y sistemas constructivos.
El orden bajo el cual se presentan los veinte proyectos responde a evidenciar la evolución en el pensamiento de Gabriela, y al mismo tiempo vislumbrar sus constantes. Los contextos, requerimientos, o sus usuarias y usuarios que marcan las intenciones o preguntas que han permanecido en estos diez años, pero que no significa que hayan arrojado siempre las mismas respuestas.
De hecho, este volumen permite comparar las diferencias encontradas en la práctica de Gabriela desde sus distintos frentes, pero que en ningún momento se alejan de aquellas premisas que, a estas alturas, son ya claras en sus maneras de hacer y entender el hacer desde el oficio de la arquitectura.

La otredad y la dignidad espacial como eje conceptual
¿Cómo construir un espacio para la otredad? ¿Cómo construirlo para una persona ciega cuando siempre nos han enseñado la arquitectura como una disciplina meramente visual? ¿Cómo hacerlo para una persona privada de su libertad a punto de enfrentar un proceso de justicia?
La Biblioteca para ciegos y débiles visuales en la Ciudad de México es punto de arranque para estas reflexiones, que se une bajo ese pensamiento en y con la otredad a los Juzgados Orales de Pátzcuaro, en Michoacán. En ambos, la búsqueda por una dignidad espacial se vuelve protagónica. En el primero, una respuesta desde lo arquitectónico para enfatizar la habitabilidad para las personas ciegas, prestando antención a experiencias sensoriales a partir de los materiales, la vegetación y la cromática; en el segundo, todo esto último hace sentido en la generación de espacialidades y recorridos para aquellas y aquellos que están por conocer un veredicto. En los dos, los silencios, las iluminaciones controladas, y la definición de las y los usuarios principales —la persona ciega y la persona a ser juzgada—, dictan la construcción de estas experiencias.
Pero el pensamiento en la otredad no se queda únicamente en esos dos proyectos, se mantiene y salta a las discusiones en torno a la obra y espacios públicos. En la obra reciente, la otredad no es únicamente la reflexión en torno a las y los usuarios principales, sino también en el diálogo disciplinar. Primero, en el oficio de la colectividad, segundo en la cada vez más necesaria interdisciplina. Desde esos lugares, la obra pública toma un rol fundamental en la evolución del trabajo de Gabriela Carrillo.

El diálogo con el contexto: de lo natural a lo histórico
El Muelle de San Blas en Nayarit, pone en entredicho la manera en que tradicionalmente se veía un espacio público generado desde un plan de gobierno.
Se aleja de la dureza y lo árido de una plancha de concreto, y evidencia que una plaza y parques públicos pueden ser un entramado de texturas y materiales, que generan caminos, líneas de agua, espacios de grava y vegetación, que dan sombra, refrescan y se desbordan hasta sus límites.
Desde otro frente, pero sin abandonar los fundamentos, el centro comunitario los Chocolates en Morelos, también cuestiona el programa de edificio público; y “techa” la plancha de concreto para nuevamente ofrecer una sombra, y así volverse multifuncional, contenida y segura. La dureza se rompe con la suma de un jardín vegetado, que se convierte en un oasis en medio de la mancha urbana.

Los oasis urbanos o los jardines contenidos se replican en los mercados Matamoros y Guadalupe para dotar de ventilación e iluminación naturales a todos sus espacios, a la vez de hacerlos más agradables. Desde la frontera norte hasta la sur, donde la gestión con las y los usuarios locatarios se vuelven parte importante al momento de concebir, diseñar y estructurar la espacialidad, sus desplantes, partidos y lógica estructural responden a la búsqueda de la eficiencia constructiva y la adaptación al sitio en términos de clima y materialidad.
De cubiertas peculiares, las inclinaciones, formas y materiales responden a la búsqueda de que ambos edificios fueran más allá del programa asignado, convirtiéndose en dos grandes captadores de agua pluvial. Son dos proyectos que asumen el rol de equipamiento urbano en lo más extenso del término, como una especie de artefacto de la ciudad.
En ese mismo sentido juega el Observatorio de grietas y subsidencia en la Ciudad de México, gestado como un proyecto académico trabajado desde y con un equipo de estudiantes, este proyecto es parque, plaza, museo, jardín y laboratorio. Un artefacto vivo en la ciudad que por su propia naturaleza permite que a la par de su uso para el ocio y la recreación, funja como espacio de investigación y trabajo con el sitio en donde está construido. Como su nombre lo dice, se plantea como un centro de estudio con el fin de obtener y compartir información del suelo vulnerable donde se desplanta. Esta vulnerabilidad natural también es protagónica en el Balneario Bacalar, donde igualmente el ocio y la recreación corren en paralelo con las intenciones urbanas del edificio. Su desplante escalonado responde a la función de gran filtro para la limpieza y tratamiento del agua de su preexistencia natural inmediata, la laguna.
Un esquema similar, al de artefacto-recuperador, aparece también en la Casa de Música en Tabasco, donde una serie de humedales para el tratamiento de aguas, complementa el programa principal: una escuela de música y una gran sala multiusos. El tema de la preexistencia también se hace presente, pero en este caso es una histórica, previamente construida; la Casa de Música se desplanta sobre la huella de cimentación de la escuela anterior.

El trabajo con preexistencias construidas no es ajeno a la obra de Gabriela Carrillo, ejemplo es la Rectoría de la EBC en la Ciudad de México, donde una casona del siglo XX fue restaurada con el fin de dotarla de las instalaciones y espacialidades necesarias para cumplir con su función de albergar oficinas.
Los elementos nuevos en este proyecto hacen ecos materiales y formales a aquellos construidos como parte de la recuperación del ex convento de San Pablo en Oaxaca para convertirlo en Centro Cultural. Allí, la búsqueda del diálogo entre lo contemporáneo y lo histórico logró tal fuerza que a la fecha sigue representando una de las obras de recuperación de edificios históricos más reconocibles en la escena en México.
Este diálogo, construido a partir de un vacío, una transparencia y un lienzo casi pulcro, contrasta con otro diálogo presente en el trabajo con preexistencias. En el centro cultural Aduana de San Blas se dialoga en sentido contrario, la pulcritud es brusca, la transparencia se convierte en solidez y pesadez, y el vacío está ocupado por un cuerpo existente al que se abraza lo contemporáneo. Aquí todo lo rige prácticamente un único material, hasta el paso del tiempo.
Materialidad, temporalidad y experimentación
Las materialidades y temporalidades son dos líneas de reflexión muy presentes en el trabajo de Gabriela Carrillo. Ambas establecen puntos de encuentro para el desarrollo de proyectos efímeros, con alcances muy establecidos, y que al mismo tiempo se aprovechan como espacios de experimentación para proyectos de mayor escala.
Tal es el caso de dos proyectos de arquitectura efímera que son contrastantes entre sí por tamaño, uso y temporalidad.
La museografía para la exposición The Great Animal Orchestra en la Fundación Cartier de París, y el Pabellón 1800 en la Alameda Central de la Ciudad de México. La primera, responde al requerimiento específico de una galería contenida en muros de cristal y rodeada de jardines. Allí, los ladrillos de barro configuran la espacialidad efímera para un momento y tiempo dictado en las fechas de apertura al público. Los cuatrapeos, juegos, tamaños y limitantes del ladrillo rojo resuenan en el proyecto del Estudio Iturbide del Taller Rocha + Carrillo en Coyoacán.
Por el otro lado, el Pabellón 1800 dicta sus propios límites, físicos y temporales, a partir de la materialidad. El uso de pencas de maguey para tejer una celosía y delimitar un espacio, y que perderían sus características al descomponerse orgánicamente con el paso del tiempo, como haciendo una remembranza a los procesos de jima, y a los paisajes del territorio tequilero en Jalisco.
El análisis y trabajo desde y con el territorio es una constante en el trabajo de Gabriela Carrillo.
Al igual que en otros casos, las respuestas no han sido idénticas, reflejando una clara intención de siempre explorar posibilidades. Una triada de proyectos de casa habitación aparecen en este volumen. Los tres ejemplos están localizados en territorios, topografías y contextos completamente distintos.

La Casa Piedra en Acapulco flota sobre dos cuerpos de roca de más de 2 m de diámetro, y se abre francamente al horizonte pacífico de México para dotar de vistas directas todos sus espacios hacia el paisaje del océano. La Casa Cometa en la costa Oaxaqueña, entreteje sus volúmenes con la vegetación sobre un predio de topografía drásticamente accidentada; plataformas, terraceos y veredas configuran las espacialidades. Finalmente la Casa Zilin, en Baja California, concentra sus programas en un único volumen que ligeramente se entierra sobre una colina del paisaje en Cuatro Cuatros; un cuerpo a veces ciego y a veces panorámico que subsiste como linterna en medio del territorio.
La práctica de Gabriela Carrillo no podría entenderse sin el trabajo de más de una década en el territorio bajacaliforniano al noroeste de México. El Valle de Guadalupe se ha convertido en uno muy familiar para ella y su trabajo. El plan maestro de Cuatro Cuatros ha caminado en paralelo a sus evoluciones colaborativas y prácticas, exploraciones materiales, temporalidades y progamas. La Casa Zilin es el último ejemplo construido, pero en este conjunto están las cabañas, el hípico, las casas Río 15, la vinícola, el restaurante. Destacados en esta monografía están el Hotel Habita, y el conjunto de baños y servicios.
El primero es un conjunto de pequeños volúmenes de concreto pigmentado desplantados sobre una misma curva de nivel, contundentemente visibles. De estructura casi elemental, estos cuerpos son habitación, que es terraza, patio y mirador. El segundo, un juego de planos de piedra y madera, que en vertical y horizontal se deslizan sobre la topografía. Con espejos de agua y vegetación, este conjunto de baños, que también es jardín, pasa desapercibido en todo su contexto.
El hecho de deslizarse, el juego de alturas, la contundencia y la construcción esencial se encuentran en una especie de síntesis en el proyecto del Ecoparque en Bacalar. Una respuesta compleja con una materialización sencilla. En el Ecoparque encuentran sitio muchos de los principios de trabajo de estos diez años, o quizás de más, de Gabriela Carrillo.
La búsqueda de la agudeza, de la lógica y eficiencia estructural, de la mezcla programática, del trabajo con un territorio vulnerable, y la clara intención de promover su saneamiento, de la concepción de un vacío. El Ecoparque es un muelle cuadrado, alejado de la pretensión de la arquitectura de autor, y más cercano a entenderse como un equipamiento urbano, a un artefacto; como un engrane para la ciudad que aporta en lo social, económico, urbano, ambiental y natural.
¿Cómo y en qué momento tomar la decisión de dejar de construir? ¿De pensar que quizás lo necesario es algo meramente esencial en su forma, construcción y desplante? De la Ciudadela a Bacalar, las preguntas siguen siendo las mismas y las reflexiones son muy diferentes.
En el Ecoparque Bacalar la otredad con la que había que trabajar era un contexto natural vulnerable, el mangle lastimado, el agua contaminada y la clausura del espacio público. En la Biblioteca de ciegos la construcción esencial no se tradujo en forma, ni material, sino que es una fabricación espacial que es sonido y es olor.
De Bacalar a la Ciudadela, las respuestas, las arquitecturas, son casi hermanas.