Arquitecturas de lo posible

Por Sergi Pérez Serrano

 

Asumir el papel transformador —y reparador— de la arquitectura ayuda a entender algunos de los movimientos que están experimentando hoy muchas instituciones culturales, independientemente de su escala.

Hay ejemplos verdaderamente inspiradores, como la Fondation Zinsou de Ouidah, en Benín, donde la rehabilitación de una casa histórica organizada en torno a un patio ha dado lugar a un museo prácticamente sin tabiques, profundamente conectado con su entorno urbano y concebido para acoger a públicos que quizá nunca habían imaginado entrar en un museo. Otro sería el futuro Musée International du Vodun (Koffi & Diabaté Architectes), aún en construcción, que se concibe como un conjunto de pabellones inspirados en formas y materiales locales y que, también integrado en Porto Novo, aspira a dignificar una tradición espiritual durante demasiado tiempo cargada de estereotipos.

 

Koffi & Diabaté Architectes
Musée International du Vodun (Koffi & Diabaté Architectes)

No hace falta mirar hacia África para comprender que los museos vienen interrogándose sobre su papel en la sociedad contemporánea, al menos desde hace una década. La imagen del museo como repositorio de patrimonio —un lugar donde se produce conocimiento y se transmite una determinada idea de cultura— ha dado paso a otra concepción más abierta en la que comienzan a emerger espacios de conversación en los que públicos diversos reclaman participar de la conformación del relato y vivir el museo a su manera.

Los museos añaden a sus funciones clásicas, pues, la de ser un agente de vida en comunidad y de progreso social en diálogo activo con el mundo que les rodea.

En este contexto, lo que define hoy a muchos museos ya no es tanto (o solamente) la naturaleza de sus colecciones como la manera en que la institución se interroga a sí misma en relación con la sociedad a la que sirve. Y el principal desafío consiste en dirigirse precisamente a quienes no consideran el museo un lugar propio: poblaciones vulnerables o de entornos periféricos, en un sentido que va más allá de lo geográfico.

Queda, sin embargo, mucho camino por recorrer. Lo he comprobado en primera persona en el marco de un programa de mentoría de la Fundació Bofill en el que participo, acompañando, de manera coordinada con otros agentes, a jóvenes de entornos difíciles en riesgo de abandono de sus estudios. Acompañarles en una visita a un museo permite percibir con claridad las dificultades a las que se enfrentan muchos de estos públicos: desde la complejidad de los sesudos textos de sala hasta la propia configuración física de salas y recorridos.

Sin duda, en la materialización del cambio de paradigma la arquitectura ocupa un lugar central. Durante siglos, la posición de autoridad que han ejercido los museos se ha expresado a través de edificios que contribuían a reforzarla: monumentalidad, escalinatas, fachadas imponentes e interiores solemnes, a menudo con escasa conexión con su entorno inmediato y con las comunidades que los rodeaban.

Hoy, sin embargo, la arquitectura puede desempeñar un papel muy distinto: puede pasar de reforzar la distancia entre la institución y la comunidad a contribuir a reducirla facilitando formas más abiertas de relación.

También en Europa, son muchos los museos que tratan de situarse en este nuevo marco. La ampliación del Kunsthaus Zürich (David Chipperfield) es un buen ejemplo de cómo la arquitectura contemporánea busca reconectar el museo con la ciudad. Más que levantar un nuevo icono arquitectónico, el proyecto reorganiza la plaza de Heimplatz, genera nuevos espacios públicos y convierte el vestíbulo del museo en un pasaje urbano abierto.

Kunsthaus Zürich by David Chipperfield Architects
Photo: © Noshe

El museo deja así de ser un objeto aislado para convertirse en una pieza activa del espacio cívico.

En nuestro país, varios museos están aprovechando sus procesos de renovación para convertir sus edificios en lugares más permeables: con accesos múltiples, transparencias hacia el exterior y continuidades con el entorno público que diluyen las fronteras entre dentro y fuera. La arquitectura deja así de ser un gesto definitivo para convertirse en un lenguaje abierto, susceptible de ser leído y reinterpretado de múltiples maneras; capaz de generar espacios de comunidad, producir identidades y tejer relaciones, en palabras de Frida Escobedo.

Así, por ejemplo, el MNAC —sin duda una de las instituciones más imponentes del país por su valor simbólico y la robustez de su colección— aprovechará el centenario de la Exposición Internacional de 1929 para emprender una ampliación que ampliará la presentación de sus fondos contemporáneos —con especial atención a narrativas hasta ahora silenciadas u olvidadas—, al tiempo que replantea su relación con la ciudad.

Nuevo Museu Nacional d’Art de Catalunya
Nuevo Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) en Barcelona
Harquitectes Christ & Gantenbein

La propuesta de HArquitectes y Christ & Gantenbein triplica con creces la superficie dedicada a acción comunitaria y pone el acento en mejorar la conexión con la trama urbana, la accesibilidad del conjunto y la renaturalización táctica de su entorno. Todo ello desde una estrategia de mínima intervención, polivalencia y respeto por la arquitectura preexistente de Puig i Cadafalch.

La iniciativa es, además, fruto de un largo proceso de diálogo y participación entre comunidades de artistas, vecinos e instituciones, de modo que una transformación tan ambiciosa pueda sentirse como un proyecto compartido.

En definitiva, la transformación de los museos contemporáneos hacia instituciones más abiertas, inclusivas y sensibles tiene un reflejo claro en su arquitectura. De ahí la importancia de entenderla menos como un icono aislado y más como un ecosistema resultado de una pluralidad de voces, en sintonía con la evolución de la institución.

Y más aún en un momento en el que nuestras sociedades necesitan lugares de intercambio y de experiencia compartida en un mundo cada vez más polarizado: ámbitos donde personas de distintos orígenes y trayectorias puedan encontrarse como iguales.

Si bien un vestíbulo abierto no garantiza por sí solo una institución más democrática, la arquitectura puede anticipar posibilidades y ensayar configuraciones que hagan imaginable otra relación entre el museo y la sociedad.

Como sugería Jürgen Habermas —de obligado recuerdo en estos días—, el espacio público no debe entenderse únicamente como un gran y solemne debate entre los poderosos, sino también como una conversación cotidiana entre personas comunes.

Y para que ese intercambio sea posible hacen falta los lugares adecuados: abiertos, flexibles, capaces de acoger tanto el encuentro como el desacuerdo. Es ahí donde puede emerger una arquitectura de la fragilidad, en la que el edificio no pretende afirmar una permanencia heroica ni una solidez incontestable, sino que deviene vulnerable y experimental.

Solo desde esa disposición —siguiendo a Smiljan Radić— la arquitectura puede dejar de ser un gesto monumental para convertirse en una práctica atenta, capaz de producir situaciones, emociones y relatos en relación con quienes la habitan.

Quizá ahí resida el verdadero desafío de los museos del presente: construir, antes que edificios, lugares en los que la vida en común vuelva a situarse en la esfera de lo posible.

 

Sergi Pérez Serrano

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