Edificio de Oficinas Millenium. Sabadell. Barcelona.

Batlle i Roig Arquitectes
Localización: Sabadell, Barcelona
Fecha: 2002
Fotografía: Lluís Casals


Publicado en TC Cuadernos nº 91 - Batlle i Roig


Formato    Archivo Pdf
Tamaño 2,5 Mb
Páginas 12 
Idioma Español

 

El planeamiento urbanístico a partir del cual se proyectó el Eje Macià, el gran eje viario, comercial y residencial creado a finales de los ochenta para promover el desarrollo urbano y económico de Sabadell, se basó no sólo en los, por otro lado, habituales parámetros reguladores —trazados, superficies, ocupaciones, alturas etcétera— sino también y de manera muy significativa en el establecimiento de unas volumetrías específicas que pretendían controlar la forma urbana resultante y con ello el carácter que ese fragmento de ciudad iba a adquirir. En ese sentido, el establecimiento de volumetrías diversas —bloques bajos alargados, bloques cúbicos, bloques apantallados o torres— pretendía “dibujar” sobre el perfil de la ciudad lo mismo que sobre su estructura, su crecimiento o su economía se estaba planteando: un nuevo modelo urbano. En ese nuevo perfil, la forma “torre” tuvo que dimensionarse con gran precisión para adaptarse a la lógica mesura de una ciudad como Sabadell, cuya construcción de mayor altura había sido hasta entonces el campanario de su iglesia principal. Así, para adquirir la proporción adecuada, la “torre” tuvo que reducir al máximo el tamaño de su planta hasta adquirir la esbeltez deseada, deformando incluso la inicial planta cuadrada hasta conseguir una forma rectangular para presentar una menor dimensión hacia la avenida principal. El proyecto del edificio Millenium nació, pues, con algunas de sus decisiones previamente tomadas por quien había desarrollado su implantación urbana —la alineación respecto a la calle, el tamaño de la planta, la longitud de sus caras o la altura desde el suelo—, decisiones que en la mayor parte de los edificios recaen en quien los proyecta y permiten a partir de ellas elaborar un discurso único que aglutina lugar, forma y programa de manera solvente. Y sin embargo, la nada agradable sensación de subirnos a un tren en marcha, de incorporarnos a un proyecto que ya se había iniciado, dio paso, tras las primeras sesiones de trabajo, a la sorpresa de comprobar cómo los edificios son capaces por sí mismos de estructurar un discurso propio más allá de su forma y su apariencia, y que resueltas las primeras preguntas, aquellas que hacen referencia a lo más circunstancial, también a lo más banal —¿cómo es?, ¿qué forma tiene?— quedaban por resolver las realmente fundamentales: ¿qué es?, ¿cómo funciona?

Pues bien, ¿qué es y cómo funciona un edificio en altura? Sin duda preguntarnos sobre el funcionamiento de un edificio de veintitantas plantas es preguntarnos sobre el transporte en vertical: de personas, evidentemente, pero también de energía, es decir agua, electricidad, aire y todo cuanto se necesita para poner en funcionamiento su programa. Un edificio en altura es una estructura energética vinculada a un sistema vertical de almacenamiento y transporte, y ésta que podría ser una definición utilitaria se convirtió en la hoja de ruta para el desarrollo del proyecto. Para empezar, ¿dónde crear y dónde almacenar la energía? Habitualmente los edificios en altura habilitan sus azoteas para situar las maquinarias de creación de frío, los depósitos de combustible y los convertidores y distribuidores de electricidad por la necesidad de aireación que este tipo de instalaciones necesita, aunque a veces, en el peor de los casos, se dividen entre la azotea y los primeros sótanos. Obviando esta última posibilidad, la discusión se centró en la contradicción que comportaría utilizar el que sin duda acaba siendo el lugar más privilegiado, en tanto que el más alto, para un uso funcional muy importante pero de acceso claramente restringido. Por otro lado, los esquemas de trazado vertical de las instalaciones señalaban una cierta duplicidad en el dimensionado tanto longitudinal como en diámetro de los elementos de transporte. En este punto de la discusión sobre la ubicación de la producción y almacenamiento de energía en el edificio, una lectura atenta a la normativa de protección contra el fuego en este tipo de construcciones vino a añadir un dato clarificador fundamental para la decisión final. El edificio, por su altura, debía tener un área central que sirviera de cortafuegos entre las plantas superiores y las inferiores, una planta aireada y aislada de las colindantes mediante una protección resistente al fuego. Reflexionamos, pues, sobre una solución que situara las instalaciones en un nivel intermedio del edificio para descubrir que de esta forma se simplificaban diámetros y caudales, así como recorridos y longitudes de trazados a la par que se conseguía aislarlo correctamente en caso de incendio. El edificio fue, tras esta decisión, adquiriendo una tipología propia. La aireación de esta planta obligaba a pensar en una piel de fachada que permitiese “transpirar” el interior. Y una vez ideado cómo transpirar la sala de instalaciones podíamos permitirnos airear hacia el exterior todas las plantas, por lo que las conducciones de ventilación interiores disminuían hasta casi desaparecer. El edificio dejaba de ser una “chimenea” —un elemento vertical cuya aireación sube por su interior y sale al exterior por un único agujero situado en su extremo superior— para convertirse en un “brazo”, un elemento longitudinal cuya aireación tiene lugar por la totalidad de su superficie a través de poros minúsculos pero numerosos. Aparecía entonces la discusión sobre esa piel que debía transpirar, su carácter permeable, su tensión, su fragilidad, pero también su dureza. Sin duda, o al menos así nos pareció, la clave estaba en su independencia respecto a la estructura portante. En efecto, una relación de total vinculación con la estructura difícilmente aportaría a la envolvente esa fragilidad que permitiría entender lo fácilmente permeable que debía ser. Incluso una relación ambigua, de relativa proximidad, haría difícil dicha lectura. Decidimos separar al máximo el cerramiento de la estructura provocando un voladizo de 3,60 metros en todo el perímetro respecto a la primera línea de pilares.
Las opciones seguidas y las decisiones tomadas hasta ese momento sobre la ubicación de la producción, el almacenamiento y la distribución de la energía del edificio y el modo en que eso influía en su envolvente, y ésta a su vez en la estructura, se convirtieron en el nuevo escenario de trabajo. Atrás los problemas derivados de su forma y de su vinculación al planeamiento urbanístico, el edificio hallaba valores propios sobre los que proyectarse. A partir de ahí, cuantas decisiones se tomaron y cuantos detalles se valoraron tienen su asiento en esa discusión sobre energía, estructura y envolvente: la elección de un muro cortina de plancha metálica en el que la superficie opaca y la vidriada brillasen con similar intensidad, pero sin confundirse; la disminución de la superficie ocupada en la planta baja, buscando recuperar la alineación retrasada de los pilares y permitiendo acabar la envolvente un piso por encima de la calle, haciendo aún más patente su ligereza; el giro de las esquinas que permite dar continuidad a las cuatro fachadas haciendo más tersa la superficie y poniendo en crisis la proporción específica de cada lado; la variabilidad en la implantación de las partes vidriadas y las partes opacas, como si el edificio ya hubiera sido usado y alguien hubiera vulnerado su piel trasmutando el orden lógico de sus aberturas; y, finalmente, las estrías a través de las cuales se produce la ventilación de las plantas, como pequeños poros junto a los grandes ojos que culminan la torre y que quieren recordarnos que la función última de una atalaya no es otra que la de mirar.

 

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