Una casa es una casa y cada casa es una casa. Álvaro Rocha

Algunas notas sobre el habitar, por Joao Álvaro Rocha

Proyectar una casa es siempre una aventura con desenlace imprevisible. Debido a que el espacio para vivir congrega inevitablemente las mismas funciones, una casa está siempre constituida por dormitorios, salas, cuartos de baño, cocina… Un programa que ha cambiado poco a lo largo del tiempo.
Esto se debe a que los hábitos y los usos han evolucionado muy lentamente. Pero a pesar de eso las casas son siempre diferentes. Se repiten poco, incluso cuando su tipología, como en el siglo XIX, resulta de la aplicación de un sistema constructivo en el que la forma y el espacio son consecuencia casi directa de una especie de ensamblaje profundamente lógico de elementos “prefabricados”.

En arquitectura y en el arte en general, las formas en su esencia, independientemente de la técnica y de los medios tecnológicos, son siempre las mismas. Lo que cambia es el modo de asociarlas o la urgencia de su combinación.
Creo que es esta la razón fundamental que lleva a que el diseño de una casa nunca se repita, a pesar de existir arquitectos cuyas casas aparentemente parecen ser siempre la misma, siendo Mies Van der Rohe, tal vez el ejemplo más emblemático. Se trata solamente de, a través de sucesivos ensayos, procurar alcanzar una especie de “modelo ideal”, un modelo espacialmente perfecto en su relación entre la naturaleza y la artificialidad que caracteriza el acto de construir – un lugar único que, por todo aquello que es capaz de evocar, sirve simplemente de soporte a la vida del hombre.

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Es, al final, un modelo cuyo ideal, en cierta manera y en continuidad con la interpretación de Wittengenstein, aún asentada en la tradición griega, en la cual la definición de arquitectura, entendida como la “madre” de todas las artes, apunta hacia un lugar construido que es pertenencia del hombre y que se sitúa simplemente “entre” el cielo y la tierra – un lugar que, aunque depende de ambos no pertenece a ninguno, conquistando por eso mismo una autonomía y una identidad propias de esa condición de “estar entre”.
Pero los motivos para la “diferencia”, para la no repetición, pueden ser muchos otros, como, por ejemplo, la explicación que Adolf Loos utilizaba para referenciar las diferencias de composición entre las fachadas de sus casas: así, como refería, siempre la fachada situada en el sentido de la ciudad, de composición más formal y casi siempre simétrica en la disposición de los elementos, representa una especie de dimensión pública que el edificio (la casa) debe mantener en el diálogo que quiere establecer con aquella; del otro lado, la fachada opuesta, al ser interior y al no depender ya directamente de la ciudad , se expresa de un modo más libre, en una composición que se limita a traducir el ordenamiento volumétrico y funcional de los espacios interiores. Esta condición de relación con la ciudad, imprescindible para Loos, hace que sus edificios, y naturalmente también sus casas, sean irrepetibles, debido a que cada uno de ellos es singular en el momento que quiere fijar de la ciudad.

Lo mismo se puede decir, contemporáneamente, relativamente al lugar, entendiendo aquí lugar como sinónimo de paisaje, en aquello que él representa como acción transformadora del hombre sobre la naturaleza. También por eso el lugar acaba por ser un condicionante del habitar o, por lo menos, este acaba siempre por ser de alguna manera determinado por aquel.
Ante la imposibilidad de encontrar un modelo perfecto y generalizable, con la capacidad de responder a todas las solicitaciones, también el lugar, a través de la relación que el objeto construido es capaz de establecer con él, acaba por tornarse él mismo determinante de la diferencia, haciendo con eso que el objeto se torne único e irrepetible – basta una pequeña ondulación en el terreno, un ligero desnivel, una piedra suelta o la forma de la casa de al lado…

Creo que independientemente del tiempo, el habitar (o la casa) aún depende o se basa en cosas más o menos prosaicas como la orientación de la luz natural, la protección y el acomodo necesario para descansar o dormir, el despertar frente a un paisaje, el confort indispensable para estar cómodamente sentado, el sentido de reunión y la magia ancestral que proporciona el fuego en una chimenea y todas las otras cosas que, no siendo visibles, acaban por ser esenciales al carácter que se quiere atribuir a un espacio.

Esto se debe a que toda arquitectura, para que realmente lo sea, se hace más de ausencias, renuncias a lo que no es esencial, que de aquello que es visible y está presente. Solo así podrá aspirar a alcanzar una especie de energía que la coloca “entre el cielo y la tierra”, alcanzando así la verdadera dimensión humana.
O será que en esta nuestra época, en la que la información es casi instantánea y las imágenes prevalecen sobre los contenidos y en la que se procura que la arquitectura continúe, como antes, a ser reflejo de un tiempo, todavía cabrá interrogarnos si tiene sentido lo fascinante que puede ser un rayo de sol deslizándose sobre la superficie de una pared blanca o de un muro de piedra, revelándonos a veces “presencias” absolutamente inesperadas que provocan mutaciones espaciales completamente insólitas.

¿No será esto suficiente?… ¿O será que el “vacío” no se constituye siempre como una oportunidad para que las cosas puedan acontecer – las presentes y las ausentes?

Porque una casa es, apenas y solamente, una casa.

João Álvaro Rocha