Complejidad, búsqueda de contraste, intensidad, hormigón, color, materia, rotundidad y orgánico.
Conceptos todos que sirven para definir la arquitectura de Dominique Coulon, publicada en más de 300 páginas en el TC 140 y que repasamos en este artículo que sirve de introducción en su publicación.
Dominique Coulon es arquitecto y profesor en la ENSA de Estrasburgo, donde fundó y da clases en la cátedra de Arquitectura y Complejidad. En ese contexto hay que entender sus palabras:
La complejidad es un alimento, no un impedimento
Esa complejidad oscila entre la asunción de la arquitectura como realidad compleja en la que intervienen múltiples factores -que no siempre somos capaces de controlar como arquitectos- y una búsqueda de contraste entre elementos aparentemente antagónicos.
La arquitectura de Dominique Coulon consigue moverse en el delicado equilibrio de las decisiones contrapuestas con la soltura y la naturalidad necesarias para que las decisiones puedan ser entendidas como resultado de una voluntad creadora única.
De esa manera, las elecciones de proyecto oscilan simultáneamente entre los extremos de definición tanto de la materia como de la forma; entre la abstracción más exaltada y la más intensa de las concreciones formales, materiales, y tonales.
Como el mismo ha comentado en alguna ocasión
Alberto Campo Baeza me dio un consejo que nunca olvido. Que no perdiese la oportunidad de hacer mi arquitectura aún más radical
Quizás la clave de su arquitectura sea, precisamente, la intensidad; no hay lugar para los matices o las dudas, las decisiones son absolutas, fuertes y consecuentemente intensas.
Aunque las opciones se alternen dentro de un mismo edificio, ausencia y presencia comparten su carácter de absoluto, y por lo tanto es esa capacidad de conmover, de llevar al espectador, al habitante, a un grado máximo de percepción lo que las integra y les da la lectura de pertenencia conjunta.
Comencemos por lo más evidente, lo material.
Dos de las presencias constantes de su arquitectura están vinculadas con el hormigón, por una parte, y con el color, por otra; son muchas las ocasiones en las que sus edificios, matéricos en su envolvente exterior de hormigón visto, explotan a un mundo de color interior sin concesiones visuales, de una rotundidad exultante.
Este contraste deliberado podemos encontrarlo también entre los blancos impolutos de algunos de sus volúmenes o de sus espacios interiores y los rojos, anaranjados y negros que dan vida a otros espacios en esos mismos edificios, como por ejemplo el teatro Théodore Gouvy.

No existen reglas a priori, color y material visto pueden presentarse alternativamente en las más diversas situaciones, pero siempre de manera rotunda.
Si el acabado es de ladrillo, o es de un panel metálico reflectante, o bien aprovecha las texturas o los colores para dialogar con el paisaje, siempre lo hace en modo superlativo; haciendo buena la frase de André Malraux: “La tradición no se hereda, se conquista”.
Un buen ejemplo de las sucesivas inversiones en estos diálogos visuales lo podemos encontrar en la escuela Joséphine-Baker.

Pero la complejidad no es caos.
La tensión de sus decisiones materiales siempre está controlada y busca un objetivo bien definido. El azar tiene poco lugar en la obra de Dominque Coulon, por mucho que él se empeñe en luchar contra el control absoluto y la coordinación supeditada de cada elemento al conjunto.
Lo opuesto de control obsesivo, en este caso viene dado por la definición de la esencia conceptual de cada una de sus decisiones; una definición tan clara y rotunda que se sobrepone a lo circunstancial.
Pero las constancias materiales de su arquitectura no implican renuncias, ni apriorismos. Ningún material queda descartado, y sus respuestas se van adecuando tanto a las necesidades del propio edificio como a los objetivos visuales del diálogo que Coulon quiere establecer con el entorno en cada caso.
En lo formal, aunque más sutil, quizás menos evidente, no por ello esta aproximación deja de ser igualmente rotunda.
Dominique Coulon se mueve con soltura entre las geometrías contenidas, los cuadrados, los prismas, lo perpendicular y lo diagonal, las curvas, lo orgánico y la forma como símbolo.

En la escuela maternal de Marmoutier una planta cuadrada, con reminiscencias de organización que remite a Hertzberger, se anima en sección por medio de una serie de diagonales que pliegan la cubierta y animan el espacio interior hasta transformarlo en el opuesto de la sólida y contenida imagen exterior.
Estas operaciones se van concretando sistemáticamente en un pasillo curvo de sección oblonga, en los recortes de formas libres practicados a una fachada de hormigón, en pliegues espaciales interiores, en la elección de cierto mobiliario para una escuela, en una línea de luz curva que marca el recorrido en el techo, en un hueco que se convierte en chaise longue, en la planta de perímetros curvados de una mediateca, en las perforaciones poligonales de las fachadas de un centro de congresos, o en los pliegues metálicos y brillantes del acceso a un mercado rehabilitado.
En suma, la arquitectura de Dominique Coulon me hace pensar, como escribió Dickens, “que sólo es aceptable la comparación en grado superlativo” .
Acerca de las obras de Dominique Coulon
Toda su producción desde 1996 hasta la actualidad, ha sido recogida en el TC Cuadernos nº 140 dedicado a la obra de este estudio francés basado en Estrasburgo.

