Alberto Campo Baeza hace un repaso a las obras del arquitecto francés Dominique Coulon con motivo de la publicación de una monografía en TC Cuadernos
En mi última visita a Estrasburgo, he descubierto a un arquitecto de primer orden, Dominique Coulon, que hace una arquitectura magnífica. Arquitecto y profesor de Proyectos en la ENSA.
Conocí a Coulon cuando era un joven arquitecto que prometía, cuando era un joven arquitecto francés que empezaba. Con el tiempo, se ha convertido en un arquitecto de referencia en Estrasburgo y uno de los mejores de Francia.
Sus obras, muy personales, llenas de precisión y color, son de una altísima calidad espacial. En ellas, además del control del espacio a través de una geometría siempre precisa, aparece el color con toda su fuerza cualificando aquellos espacios.
Actúa con el espacio bien controlado y acierta con el color bien dosificado, como lo hiciera el mejor Barragán o el Le Corbusier más libre. Sé por propia experiencia que el uso del color no es nada fácil, y Dominique Coulon lo domina magistralmente.
El conjunto de su obra tiene ya un corpus consolidado de enorme calidad. Toda su obra desde el principio, apunta temas del espacio contenido entre planos muy bien plegados que progresivamente se van desarrollando con mayor libertad tanto en la forma como en el tratamiento del color.

Y así, ya en el Colegio Louis Pasteur en Estrasburgo, una de sus primeras obras, están contenidos muchos de esos temas recurrentes que irán volviendo a aparecer.
La Escuela Maternal en Marmoutier es muy hermosa. Y también muy hermoso y sobrio es el Centro Dramático Nacional en Montreuil.

Y si en la caja perforada del Conservatorio de Música de Maizieres-les-Metz se atreve con unas perforaciones en los muros hechos con extrema libertad, hay que reconocer que los espacios interiores que consigue también son de extremada belleza.

La casa de acogida de Mataincourt, por razón de los usos, vuelve a ser más contenida, muy horizontal, muy serena. Y en la Mediateca de Anzin, se resiste a la tentación del color desplegando una arquitectura más contenida de hormigones y blanco.

Y en el más reciente Grupo Escolar Josephine Baker en la Courneuve, hace un proyecto que, como si de una fruta se tratara, es todo blanco y neutro por fuera, en su cáscara, y todo color rojo vibrante por dentro, como el interior de una fruta en sazón. Una idea muy clara y un desarrollo hermosísimo.
Pero permítaseme que aquí hable de una de sus últimas obras, que es una Escuela infantil en el mismo corazón de Estrasburgo, que tuve la suerte de poder recorrer con él personalmente.

Alguien podría decir que cómo puede ser magistral una obra de reestructuración y de renovación, que es lo que allí está haciendo. Pues esta obra lo es.
Como si de un experto cirujano se tratara, Coulon ha cortado y sajado y cosido y quitado y añadido donde hacía falta con absoluta precisión.
Ha abierto ventanas que, como grandes ojos a la ciudad la enmarcan y creando nuevas perspectivas la ponen en valor.
Ha bajado los alféizares de todas las ventanas de las aulas de manera que ahora los niños ya pueden ver lo que pasa fuera.

Ha perforado los techos para que la luz entre a raudales por los nuevos lucernarios. Y también ha perforado las paredes donde lo ha creído conveniente.
Ha creado transparencias claras en los espacios más públicos como la cafetería que ahora se abre generosamente a dos calles opuestas. Insisto que, como un cirujano sabio ha perforado y pinchado en el viejo cuerpo construido para lograr un cuerpo nuevo que ha cobrado nueva vida.
Y todo ello aderezado convenientemente con el color, básicamente el color que más le gusta a Coulon, y a mí, el rojo. Un color rojo vibrante que es capaz de encender el espacio y que él lo enciende más si cabe con sus amarillos y sus rosas.

El cliente, los profesores y los niños están felices, porque parte del trabajo se está haciendo con ellos dentro. Se diría que es casi como un trabajo de orfebrería.
Al exterior las fachadas se han renovado con gran sencillez. Más abiertas y acristaladas, se temperan con brise-soleils verticales de inoxidable brillante que a la vez que protegen del sol rasante, producirán increíbles reflejos.
Y entre todos los espacios hay algunos singularmente acertados. En planta baja, para definir el espacio de vestíbulo, Dominique Coulon se permite jugar con gran libertad, pero muy bien controlada, con las paredes y los techos curvos, como el mejor Le Corbusier.
El contraste entre la forma rectangular, cartesiana, de las aulas, con el uso de las curvas en esta planta baja más pública, es enormemente acertado. Además, aquí prescinde ascéticamente del color y juega sólo con los acabados naturales y con el blanco que es como asoman esas formas curvas a la calle. El resultado es hermosísimo.
Dentro hay una sala para los más pequeños donde además de las paredes y el techo, también el suelo es curvo y blando. Allí, la luz que se cuela por el techo a través de unos lucernarios repletos de reflejos y por la pared a través de unos pequeños boquetes abiertos aleatoriamente, se tiñe de rosa a fuer de reflejos que contrastan bien con algunos grises blanquecinos: un espacio bellísimo casi surrealista donde no les será difícil soñar a los niños.
Esta obra de Dominique Coulon es una “chef d´oeuvre”, una verdadera obra maestra. A mí, si fuera niño, bien me gustaría estudiar en esa escuela.
En definitiva, el encuentro con Dominique Coulon y su arquitectura ha sido el descubrimiento de un verdadero maestro. Con un talante de gran sencillez personal, y con un trabajo muy intenso, ha puesto en pie con sus obras coherentes y maduras y hermosísimas, una arquitectura capaz de permanecer en el tiempo y de hacer felices a los hombres que vivan en ella.
Dominique Coulon, ¡maestro!
Alberto Campo Baeza
Toda la obra de Dominique Coulon, desde 1996 hasta la actualidad, disponible en el TC Cuadernos nº 140
.

