Carlos Martí Arís, in memoriam memoriae.

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El pasado 1 de mayo falleció en Barcelona el arquitecto y profesor Carlos Martí Arís, un poco antes del que tenía que haber sido su septuagésimo segundo cumpleaños, dejando un vacío imposible de llenar para quienes tenemos en la arquitectura uno de nuestros afectos.

Personalmente no tuve la suerte de encontrarme entre los que lo trataron de manera cercana, aunque algunos amigos próximos sí que lo fueron suyos también y por ellos he podido conocerle mejor. Sin embargo, (o siendo preciso, con embargo) siento la perdida con una cercanía casi familiar fruto de las incontables ocasiones en las que sus palabras han acompañado mis clases. Sus textos son, desde hace muchos años, herramientas de cabecera en la comunicación con mis alumnos de las nociones esenciales en las que se fundamenta nuestro oficio. Me considero una persona constante en sus afectos, y las palabras de Carlos Martí eran como beber agua fresca cuando tienes sed, imprescindibles, no hay un sustituto mejor y nunca te cansas de ellas.

Aunque no se me ocurre un mayor reconocimiento que el releer todos sus textos, creo que esa sería una acción para otro día, para otro momento. Tal vez, cuando muchos de nosotros podamos reencontrarnos físicamente, sería oportuno y pertinente organizar una sesión de lectura pública de sus escritos; seguro que no faltarían amigos dispuestos a ello. Como tampoco faltaron en el afectuoso homenaje  que supuso su reconocimiento como Magister Honoris Causa en noviembre de 2014, un acto en dos partes que contó con la presencia de muchos de sus amigos más cercanos. Hoy, en cambio, apenas voy a transitar descontextualizadamente por algunas de sus frases de las que me apropio, todo hay que decirlo, de manera habitual, desvergonzada e interesada. Procedo como el Menard de Borges.

En primer lugar, yo también me encuentro entre aquellos que “a pesar de las dificultades, no abandonan la pretensión de basar la práctica arquitectónica en una teoría cuyos enunciados, aun sin garantizar la seguridad y la certidumbre, puedan, por lo menos, ser objeto de análisis y discusión[1]. Y por ese motivo comparto que “el proyecto no puede surgir como simple aplicación de un saber estático y definitivamente establecido, sino de un proceso dialéctico entre pensamiento y acción que se mantiene siempre abierto”. Por eso sigo buscando “instrumentos lo bastante afinados, rigurosos e inquisitivos” que me permitan plantearme y “plantearle al mundo preguntas cruciales y pertinentes”, pero, sobre todo, busco cómo compartir esos instrumentos con mis alumnos y cómo podemos manejarlos juntos adecuadamente.

Otro de los conceptos con los que me gusta cambiar el paso en la manera de hacer proyectos de mis alumnos es el de transformación. Me resulta especialmente útil con los que empiezan a proyectar y con los que ‘creen que acaban’: con los que empiezan porque “hablar de transformación implica aceptar el hecho de que partimos de algo preexistente[2], y por lo tanto de continuidad y de cultura más que de invención; con los que están en los últimos cursos porque les obliga a replantearse la noción de autoría, que arraiga con demasiada fuerza y profundidad en el ego de muchos de ellos en apenas cinco años. Además, me resulta especialmente práctico el enfoque con el que Carlos vincula tipo y ejemplo por lo que supone retirarle al primero las estrictas implicaciones funcionales o formales y al segundo la excesivamente contemporánea asimilación a la imagen.

Decía Carlos que en “la noción de tipo convergen el pensamiento lógico y el analógico. (…) El pensamiento analógico concibe el mundo como un entramado de correspondencias”. Mientras que el “pensamiento lógico posibilita descomponer la realidad en los elementos que la forman y operar con ellos aisladamente, alterando las leyes de composición y, en consecuencia, la propia estructura del objeto. (…) En la intersección de los planos paradigmático y sintáctico se encuentra el eje del procedimiento tipológico”. Lo que le llevaba a concluir que la “idea de tradición no es incompatible con la de innovación, mientras que, en cambio, cuando se le es negada a la arquitectura la posibilidad de vincularse a una tradición, se la sitúa a un paso del desarraigo”.[3]

Ideas que podemos conectar con esta otra frase: “Si bien nos queda aún mucho por saber sobre el proceso de metabolización a través del cual el arquitecto transmuta ese conjunto heterogéneo de nutrientes en material arquitectónico, parece, sin embargo, evidente que la imagen del arquitecto como un ingenuo salvaje que funda sus decisiones en una calculada incultura, exhibida con orgullo como si se tratara de un atributo positivo, es, además de una afrenta a la inteligencia, un argumento que hoy resulta sencillamente insostenible.[4]

Su manera de entender la vinculación de la acción de proyectar con la historia podemos rastrearla hasta el número 300 de la revista Arquitectura donde nos mostraba “una concepción del legado histórico, entendido como virtualidad que puede ser actualizada en cualquier momento a través de nuestra acción imaginativa. No se trata de imitar o reproducir el pasado, de usarlo como solución preconstituida, sino de vislumbrar la capacidad de transformación del pasado en una posibilidad del presente[5].  Para luego condensarlo en apenas dos palabras: lugar y memoria. Ya que “si el lugar es una condensación de la historia en el espacio objetivo, puede decirse que la memoria es una condensación de la historia en la experiencia personal. De ahí que sea el mecanismo que nos permite activar la imaginación y viajar por la historia de la arquitectura estableciendo analogías entre objetos y episodios separados en el espacio y en el tiempo[6].

De sus participaciones en la colección DPA voy a quedarme con dos, que además son coincidentes con otros dos afectos recurrentes en mis clases. La primera es el texto sobre la casa binuclear de Marcel Breuer y la recuperación del patio, que acompaña una buena parte de mi selección de casas patio ejemplares sobre las que los alumnos de primer curso deben practicar sus transformaciones, porque “la experiencia del patio como espacio introvertido que recrea un pequeño fragmento de la naturaleza, como lugar delimitado y recogido que se convierte en escenario de la vida cotidiana, resulta ser un rasgo genético tan potente del habitar humano que reaparece en la arquitectura de la casa contemporánea, una y otra vez, bajo diversas interpretaciones[7].

La segunda se corresponde con el texto que escribió a propósito de la arquitectura de Livio Vacchini y su búsqueda de la unidad que “le lleva a valorar, en cambio, la repetición o la trascripción de otras obras, suyas o ajenas, como el único procedimiento posible para generar una obra que sea un eslabón más de una cadena continua; una obra que al mismo tiempo que establezca un vínculo con la tradición sea capaz de renovarla[8]. Hago notar que vuelven a aparecer dos conceptos centrales: la trascripción y la tradición. Es posible que Carlos fuera capaz de ver esas ideas centrales de transformación y continuidad cultural en las obras de los arquitectos que admiraba, pero también podemos percibirlo a la inversa: precisamente por esos motivos merecían su admiración y la nuestra. Tuve la suerte de conocer de cerca a Livio Vacchini y la suya es otra de esas presencias que el tiempo no diluye, sino que se intensifica, y sus palabras, al igual que las de Carlos, adquieren nuevos significados en cada regreso.

Haría falta mucho más que un texto, mucho más que una tesis (aunque ya exista una magnífica), para recoger todas las enseñanzas implícitas y explicitas de sus escritos. Rizando el rizo borgiano, me voy a atrever a citar una de las citas de Carlos, por la admiración compartida al autor, y porque (me arriesgo a suponer) cuando la usó no estaba pensando en sí mismo, pero yo no puedo evitar hacerlo. Me sumo de esta manera a ese programa de vida que “consiste en buscar y saber reconocer qué y quién, en medio de este infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio[9].

En otra ocasión, con motivo de otro de sus libros fundamentales, comenzaba Carlos con estos versos de José Bergamín: “Si los silencios no hablaran / nadie podría decir / lo que callan las palabras[10]. Si sus palabras fueron elocuentes, aún más lo fueron sus silencios. El último silencio, este que ahora nos deja como legado podría resonar con esos mismos versos: “Dios no inventó un diccionario / cuando creó el universo; / ni para nombrar las cosas / utilizó un alfabeto; / ni consultó la gramática / cuando empezó por el Verbo[11]. Pero tuvo que inventar a Carlos, para acercarnos al silencio.

Hace apenas unos días, uno de mis alumnos compartía con el resto de la clase (en esta nueva cotidianeidad digital que nos ha tocado vivir) el texto de Carlos “Espacios para la espera”[12], en un intento por encontrar algunas claves para nuestra confinada existencia. En el texto encontramos tres palabras, tres aspiraciones domésticas, para describir los patios de las casas de Barragán, además de nuestros anhelos: soledad, serenidad y alegría. Pero también una descripción de los espacios públicos muy apropiada para estos días en los que volvemos a retomar la calle: “A estos espacios públicos no les hace falta la presencia de la multitud; más bien tienden a rehuirla. Basta con que alguien se sitúe en su interior para que el escenario cobre vida y se active su carga de teatralidad. Entonces algo puede suceder. La ruptura del espacio y el tiempo profano es siempre una experiencia difícil e improbable”.

En las próximas semanas, meses quizás, iremos recuperando la alegría del encuentro, con las personas y con los espacios compartidos; pero lamentablemente no estará Carlos entre nosotros para descubrirnos de manera nítida y reveladora algunas de los aspectos más maravillosos de esta nueva vida retomada, para aportarnos lucidez en el modo de volver a usar y entender la ciudad, porque “analizar la forma de la ciudad es, en cierto modo, como escrutar el rostro de una persona amada[13].

Descanse en paz su persona, pero que sus palabras, in memoriam memoriae, no descansen nunca y prosigan su labor como hasta ahora sin olvidar los cabos sueltos.

Ricardo Merí de la Maza

Valencia, 3 de mayo de 2020.


[1] “El arte y la ciencia: dos modos de hablar con el mundo”, en: La cimbra y el arco, Caja de Arquitectos, Barcelona, 2005.

[2] “El concepto de transformación como motor del proyecto”, en: La cimbra y el arco, Caja de Arquitectos, Barcelona, 2005.

[3] Idem.

[4] “Tres paseos por las afueras, incursiones en la lectura”, en: Incursiones arquitectónicas. Ensayo a cuatro bandas. Universidad de Granada, Granada, 2009.

[5] “El movimiento moderno y la interpretación de la historia”, en: revista Arquitectura (Volver a empezar) nº300, CAOM, Madrid, 1994.

[6] Idem.

[7] “La casa binuclear según Marcel Breuer. El patio recobrado”, en: Patio y Casa, DPA nº13, Edicions UPC, Barcelona, 1997. (pdf)

[8] “Vacchini o la búsqueda de la unidad”, en: Vacchini, DPA nº23, Edicions UPC, Barcelona, 2007. (pdf)

[9] Italo Calvino citado por Carlos Martí en: “Tres paseos por las afueras, incursiones en la lectura”. Opus cit.

[10] José Bergamín citado por Carlos Martí en: Silencios elocuentes, Edicions UPC, Barcelona, 1999.

[11] José Bergamín. “Poeta tu razón de ser”, en: Duendecitos y coplas, Cruz del Sur, Santiago de Chile, 1963.

[12] “Espacios para la espera”, en: Lars: cultura y ciudad, Nº. 1, 2005, págs. 28-33.

[13] “Observar, imaginar, proyectar”, en: La cimbra y el arco, Caja de Arquitectos, Barcelona, 2005.

Sobre el autor del artículo

Doctor Arquitecto. Director de la revista TC Cuadernos

3 comentarios

  1. Alfonso Díaz on

    Maravilloso homenaje Ricardo. Posiblemente nadie mejor que tú para reconocer su obra escrita y su amor por la arquitectura.

  2. Ricardo, que texto maravilhoso e que excelente homenagem deixas aqui!
    Tive a felicidade de ter sido aluna dele no doutoramento em Barcelona e a honra de o ter como Presidente do Júri onde pude também homenagear o Ruy d’Athouguia. E ainda há bem pouco tempo escrevi o texto sobre os Aires Mateus, neste último número da TC, totalmente inspirada e influenciada pelas suas lições… texto, que espero seja uma das muitas formas que encontraremos para eternizar o seu legado.
    A tua ideia de leitura dos seus textos é muito boa. Curiosamente, aqui no Porto, a Fundação Marques da Silva, nestes tempos de Covid em confinamento, promoveu o Podcast «Passa a Palavra» – pode-se ver no site da Fundação), uma iniciativa extraordinária onde cada arquitecto convidado (começou com o director da Faup) escolhe uma obra, fala sobre ela e passa a palavra a outro arquitecto da sua escolha e assim sucessivamente. Quando me calhou a vez, tendo-me passado a palavra o Francisco Vieira de Campos (menos é mais), estava a escrever sobre a obra que escolhi no dia em que faleceu o Carles Martí…assim que aproveitei para lhe fazer logo ali uma homenagem. Bem haja e bem hajas tu que não o deixas em silêncio.

  3. Pingback: Nada por aquí, todo por allá: Aires Mateus y la magia de la arquitectura. TC Cuadernos

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