Refundación. Los tres puntos de la arquitectura de Marc Barani.

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Dentro de la publicación EB 17- Atelier Marc Barani, se encuentra este importante artículo del arquitecto Richard Scoffier, en el que sistematiza y ordena en tres términos las evidencias más significativas en la trayectoria de Marc Barani, ‘tres puntos que permiten comprender mejor una arquitectura a la vez furtiva y presente…una arquitectura humilde y eficaz que nunca se impone para asumir mejor su rol de soporte protector, de prótesis que permite a los hombres habitar mejor su mundo.’

 

Un cementerio excavado en una colina, una estación de término de tranvía que se conecta a una autopista, una escuela de arte que se propone como un puente, un parking que sabe poner en relieve sus rampas de acceso…

Muchas palabras vienen inmediatamente a la mente cuando se habla de la arquitectura de Marc Barani: rigor, sencillez, eficiencia, potencia, arcaísmo, respeto por el paisaje… Por nuestra parte sólo retendremos tres que, complementándose entre sí, permiten calificar de manera bastante precisa esta andadura que, aunque aparentemente se inscriba en la blanca modernidad, incuba rupturas radicales. Territorio, masa, infraestructura: tres palabras relativamente exclusivas. Porque el territorio no es ciudad y permite contemplar más allá del espacio urbano. La masa no es el objeto al que los arquitectos modernos nos habían acostumbrado: lleva en sí misma algo profundamente neutral. En cuanto a la infraestructura, más fundamental y secreta, está enterrada en una red y opera por encima una primera determinación del espacio que permite la emergencia de estructuras y volúmenes.
Estas tres palabras ponen también perfectamente en evidencia nuestro mundo actual: un mundo en el que la noción de paisaje metropolizado ha sustituido a la de la forma urbana. Un mundo «globalizado» en el que cada cosa,
para existir frente a la inmensidad, debe siempre aspirar a la inercia crítica que le dará visibilidad. Un mundo que consiste en desplazarse más que en permanecer, enraizarse…una arquitectura humilde y eficaz que nunca se impone para asumir mejor su rol de soporte protector, de prótesis que permite a los
hombres habitar mejor su mundo

 

TERRITORIO
Esta es la primera constante de todos los edificios del arquitecto de Niza: la manera en que saben, más allá de la ciudad y sus escenografías falaces, buscar un soporte aún más fundamental, una roca, un zócalo. Todos tienen en cuenta el menor desnivel, la más mínima grieta, para anclarse mejor en la geografía.
En bruto y desnudos, son hijos de la tierra como la antigua divinidad Anteo, que encontraba inmediatamente inalterado su poder tocando a su madre. Esto se evidencia en el cementerio de Roquebrune Cap-Martin, su primera
obra. No se da como un hito urbano como los que a menudo se encuentran en las ciudades y pueblos de la Riviera italiana, sino como una intervención en el paisaje. La colina, frente al mar, se recorta para abrirse mejor y ponerse en relación con el cielo, bajo la mirada implacable de la línea del horizonte marino. Además, la estación de término del tranvía de Niza se incrusta en un valle y se articula orgánicamente a la autopista, a sus puentes y túneles que atraviesan los valles del norte de la ciudad. E incluso el edificio más pequeño aspira a esta escala territorial. Así, la villa en Cannes olvida las tipologías de las grandes casas tradicionales o modernas para constituirse como una elevación del suelo que enmarca el paisaje montañoso circundante.

 

MASA
Concibiendo el espacio como un relieve atravesado de parte a parte por vías de comunicación, los edificios, cualquiera que sea su programa, tratarán de alcanzar la masa crítica que les permita desarrollar su propia fuerza de atracción… Puede que donde esto sea más evidente es en la estación de término del tranvía de Niza, donde las diferentes partes del programa (la estación, el centro de control, el parking, la sala de mantenimiento de los trenes) se reagruparon para componer un único edificio. Un edificio que se inscribe en el límite de la zona urbanizada y de la naturaleza pero que también sabe desarrollar en sí mismo su propio paisaje, su propia exterioridad. Así los usuarios pueden ver desde la estación los gestos precisos del personal de mantenimiento a través de la amplia ventana del taller, o contemplar desde la terraza la coreografía de tranvías vacíos que giran en bucle bajo ellos para llegar al opalescente centro de limpieza. Encontramos esta misma búsqueda de la pesadez y la autonomía en Nancy, en la conversión del centro de clasificación de correo de Claude Prouvé en un Palacio de Congresos. Situado en el borde de un haz de vías férreas, las plataformas libres de este icono moderno diseñadas para soportar cargas pesadas se perciben como suelos sobre los que vienen a deslizarse elegantes cajas de aluminio. Constituyen un amplio espacio servidor capaz de dialogar con la extensión que contiene auditorios, que se presenta con su cáscara opalescente como una masa de nubes que flota sobre las vías. En otro punto de Niza, el parking del aeropuerto se presenta como una
construcción genérica con esquinas extrañamente redondeadas, calculadas en base al radio de giro de los vehículos. Su piel de vidrio opalescente no da pistas sobre su uso: podría ser un equipamiento deportivo o cultural, un edificio
industrial o incluso oficinas. Las líneas sinuosas de sus rampas de acceso parecen balcones corridos extraídos de una residencia de lujo como las de la Marina Baie des Anges, un poco más lejos, hechas a finales de los años sesenta
por Minangoy y Marot. Finalmente, las rasgaduras vegetales destilan exterioridad en las profundidades más íntimas del edificio. Y en Aix-en-Provence, el futuro palacio de justicia lo formarán arcaicos bloques de hormigón que marcarán pesadamente el espacio urbano y que sostendrán, como las pilas de un puente o los monolitos de Stonehenge, un arquitrabe metálico que aloje la administración. Estos bloques contendrán
las salas de audiencia que encontrarán su propia luz teatral: caerá en cascada por un patio tras la tribuna del juez y sus asesores. La mirada percibe todos estos edificios como masas, pero también lo hacen los oídos: absorben el ruido como los agujeros negros de los astrofísicos desvían la trayectoria de la luz. De este modo, la fachada acristalada de manera aleatoria del Centro de Congresos de Nancy se niega a devolver los ruidos del ballet mecánico de los trenes próximos. Del mismo modo, un proyecto de edificio de oficinas no realizado, al borde del bulevar Periférico de París, presenta una fachada sabiamente diseñada para no reflejar ni amplificar estruendo ensordecedor del flujo de automóviles.

 

INFRAESTRUCTURAS
Como Claude Parent y Paul Virilio, Marc Barani trabaja en lo telúrico, en relación con la tierra. Sin embargo, hay diferencias entre estos dos enfoques que los vuelven irreconciliables, especialmente en relación
a las nociones de lo oblicuo y lo críptico. En Marc Barani no está lo oblicuo: nunca tratará de imitar el relieve sino
lo contrario, invadirá de horizonte lo geográfico; como si el primer gesto del arquitecto consistiera en crear plataformas para liberar el cuerpo del esfuerzo. Es la lección de los grandes sitios minoicos de Creta, especialmente Festo, de los que sólo quedan patios pavimentados que se elevan sobre el mar. Como si toda plataforma apoyada o encastrada en un relieve reclamase un espacio de posibilidades; como si los asentamientos humanos pudieran resumirse en estos espacios dispersos y conectados en red en el territorio; como si la arquitectura tuviera como fin esencial, no envolver a la luz, sino llevarnos a ella. Aquí encontramos, después del mito pagano de Anteo, otro mito, esta vez cristiano: el de San Cristóbal (etimológicamente el portador de Cristo), un mito que cualquiera puede reactivar tomando a un niño en sus brazos para evitar que se enfrente a un arroyo o una pendiente pronunciada.

Del mismo modo, no hay una fascinación morbosa por los bunkers y las cáscaras de hormigón, sino un fomento de construcciones caladas cuya potencia proviene de la hipertrofia de sus pilares. Así, la futura Escuela de Fotografía de Arles viene duplicar el puente que soporta la calle y se constituye como tal. Una placa que flota por encima de un paisaje que se oculta, una construcción que se arrima a la vía mediante múltiples pasarelas como un barco se conecta a su muelle. La villa en Cannes puede leerse ahora como una terraza expuesta al sol y la sombra. Un suelo excavado para una piscina y en el que las paredes acristaladas pueden desaparecer, gracias a una audaz maquinaria que retoma el principio experimentado por Mallet-Stevens en la Villa Noailles de Hyères. Un dispositivo que no deja de recordar a los proyectos distópicos de las vanguardias radicales italianas de los años setenta, como Superstudio y la serie de Atti fondamentali: un suelo técnico que se extiende hasta el infinito y que permite a una población
nómada vivir de manera arcaica permaneciendo estrechamente conectada a las múltiples redes del mundo contemporáneo. Del puente al equipamiento, del monumento conmemorativo al alojamiento, estos tres puntos permiten comprender mejor una arquitectura a la vez furtiva y presente; una arquitectura que sabe superar el gesto formal de le Corbusier para refundarse sobre sí misma, rechazando asemejarse a la escultura; una arquitectura humilde y eficaz que nunca se impone para asumir mejor su rol de soporte protector, de prótesis que permite a los
hombres habitar mejor su mundo.

Escuela de Fotografía de Arles, Atelier Marc Barani

Escuela de Fotografía de Arles, Atelier Marc Barani

Richard Scoffier.

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