Nada por aquí, todo por allá: Aires Mateus y la magia de la arquitectura.

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«Forma y espacio; positivo y negativo; abstracción y concreción; límite y transición; lenguaje y sistemas; e incluso en la comunicación y representación de sus ideas.»

Aires Mateus Arquitectura
Meeting Centre in Grândola. ©Nelson Garrido

La arquitectura portuguesa es celebrada internacionalmente por su calidad, su intensidad y la gran cantidad de magníficos arquitectos que la están llevando a cabo, y que dada su proporción respecto al tamaño de Portugal lo convierten en uno de los países más importantes del panorama contemporáneo, más allá de sus dos premios Pritzker. Pero es que, además, a pesar de ser una arquitectura de tradiciones y raíces fuertes la arquitectura portuguesa dista de ser la imagen uniforme que en ocasiones se pretende, y por el contrario presenta una variedad de planteamientos materiales, constructivos y conceptuales que la hacen inmensamente rica. A esta riqueza contribuye de sobremanera la arquitectura de los hermanos Aires Mateus, puesto que durante muchos años han favorecido inherentemente la expansión de las fronteras de la praxis y de la investigación arquitectónica.

No pretendo con este texto desvelar misterios ni grandes secretos ocultos en la obra de Manuel y Francisco. Tampoco es original el vincularles con la magia, ya lo hizo Emilio Tuñón en un lúcido texto de presentación. Además, la magia contiene en su esencia cierta inverosimilitud cuando intenta ser explicada y ni siquiera admite bien la narración impropia. De manera que voy a limitarme a enumerar y contextualizar algunos de los aspectos que pueden considerarse como centrales en su arquitectura y en su manera de llevarla a cabo.

La magia suele denominarse también ilusionismo, y la arquitectura de Aires Mateus responde bien a los dos significados casi antagónicamente complementarios de la palabra ilusión. Porque, de alguna manera, sus propuestas tienen algo de astuto juego, pero también de viva esperanza y expectativa generada. No es en vano que ilusión comparta raíz con el juego (ludus), pero además con la idea de adiestramiento en la técnica (ludi) y con la denominación de la escuela romana. Una de las esencias fundamentales de su obra es, precisamente, la capacidad que tienen de plantearnos un reto tanto al entendimiento como a la imaginación. Un reto que trasciende lo formal para provocar cierta revelación conceptual en los habitantes de sus espacios. La sorpresa de lo inesperado se combina magníficamente con el inmediato reconocimiento cultural de sus propuestas formales, siempre en lecturas sucesivas de ida y vuelta que provocan retos cognitivos y una alegría perdurable en el habitante.

Podemos leer esa especie de tensión, o quizás de equilibrio, en la dualidad de casi todos los aspectos fundamentales de su arquitectura: forma y espacio; positivo y negativo; abstracción y concreción; límite y transición; lenguaje y sistemas; e incluso en la comunicación y representación de sus ideas.

Resulta innegable su ineludible compromiso con la forma, una forma que además adquiere en numerosas ocasiones el carácter de arquetipo arquitectónico. Y, sin embargo, sus operaciones fundamentales se mueven en el campo de como horadar esa forma en la búsqueda del espacio esencial. Positivo y negativo se convierten en algo más que una metodología compositiva o de representación, se vinculan con la función de los espacios de acuerdo con los planteamientos de Kahn de sirviente y servido.
Se ha relacionado en varias ocasiones sus propuestas de habitar el límite con el espacio poché, y con la arquitectura barroca. Sin embargo, me resulta más interesante la vinculación de sus propuestas con la arquitectura visionaria e ilustrada de arquitectos como Claude-Nicolas Ledoux y Étienne-Louis Boullée. Esta relación se me presenta clara tanto en los aspectos conceptuales como en los compositivos y formales: la idea trasciende la forma, que es sólo su expresión necesaria; lo que no es necesario se convierte en superfluo tanto en el lenguaje como en su construcción; la composición responde a planteamientos más arquetípicos que tipológicos; los espacios densos vivibles de sus llenos no son el resto independiente entre figura y vacío interior sino que sólo cobran sentido en la formalización de ambos, son el trazo definitorio en una operación única; incluso la representación de su arquitectura aunque sea muy personal me resulta esencialmente una labor de tradición en el oficio.

Quizás sea por todo eso que la obra de Aires Mateus me recuerda aquella explicación que Aldo Rossi daba a la arquitectura de Boullée como racionalismo autobiográfico y exaltado.

Por último, pero no menos importante, me queda por hablar de la dificultad de construir la magia. La materialización de su arquitectura (ya sea blanca, metálica, en piedra o con materiales vernaculares) está siempre al servicio del concepto, de la forma y del espacio. Por ese motivo, la construcción del lenguaje no es autónoma ni autorreferencial. Y los detalles que cuentan la construcción se presentan de acuerdo con la misma esencia y los mismos valores que el resto de los dibujos, y por ende con la imagen que trasmite la arquitectura construida. El esfuerzo constructivo no se muestra y, aunque resulta evidente a ojos del espectador, la dificultad que implica la magia sólo se intuye, pero nunca se explica del todo porque perdería precisamente el encanto del más difícil todavía. En ese sentido, la información constructiva que se presenta en la publicación no constituye un documento testimonial del proceso sino una especie de manual para “magos” iniciados capaces de leer en ellos los fundamentos del arte de la arquitectura.

Manuel y Francisco Aires Mateus logran condensar las aspiraciones y la esencia de lo humano, para lo cual necesitan trascender los límites del lenguaje cotidiano y poder así provocar un reflejo más intenso que la mera sombra de la idea en la caverna de la realidad. Logran ese ese dificilísimo equilibrio entre el deseo de la inteligencia y la realidad construida. Me tomo la licencia de expresarlo con un palimpsesto parafraseando a T.S. Eliot y a Pessoa:

También es preciso no tener ninguna filosofía. No pueden los humanos soportar demasiada realidad. Con filosofía no hay más que ideas; sólo cada uno de nosotros, como una cueva. Una ventana cerrada, y todo el mundo fuera. El pasado y el futuro, lo que pudo haber sido y lo que ha sido, miran a un solo fin, siempre presente. Un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriera, que nunca es lo que se ve cuando está abierta.[1] 

[1] Versión libre de unos fragmentos cruzados del primero de los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot y uno de los Poemas Inconjuntos de Alberto Caeiro.

El texto “Nada por aquí, todo por allá: Aires Mateus y la magia de la arquitectura“ podrás encontrarlo en el nº145 de TC Cuadernos. Una completa monografía de las 18 obras más relevantes de los hermanos Aires Mateus desde 2003 a la actualidad. Además del texto de Graça Correia y la entrevista de Fran Silvestre a Manuel Aires Mateus.

Sobre el autor del artículo

Doctor Arquitecto. Director de la revista TC Cuadernos

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